Columna sobre Geopolítica y Geoestrategia, 13 de Mayo de 2026
La visita de Trump a China: competencia estratégica, gobernanza global y poder de las percepciones
Por Pamela Aróstica Fernández
La visita del presidente Donald Trump a China, desde el miércoles 13 al viernes 15 de mayo de 2026, para reunirse con el presidente Xi Jinping, debe interpretarse como un episodio clave dentro de una transformación estructural del sistema internacional. Más que un evento diplomático aislado, refleja la reconfiguración simultánea de la gobernanza global, la intensificación de la competencia estratégica entre grandes potencias y la creciente relevancia del poder de las percepciones en la política internacional.
El sistema internacional atraviesa una transición desde el orden hegemónico estadounidense posterior a la Guerra Fría hacia una configuración más compleja. Este nuevo escenario combina una alta interdependencia económica con una rivalidad geopolítica y tecnológica cada vez más marcada. La globalización, lejos de desaparecer, ha sido progresivamente subordinada a criterios de seguridad nacional, autonomía tecnológica y resiliencia estratégica.
En este contexto, la relación entre Estados Unidos y China ha evolucionado desde una lógica de interdependencia cooperativa hacia una competencia estratégica sistémica. No se trata de una ruptura del vínculo económico, sino de su reordenamiento jerárquico: el comercio, la inversión y las cadenas de suministro siguen siendo centrales, pero están cada vez más atravesados por consideraciones de seguridad y control tecnológico.
Competencia estratégica: tecnología y poder
Uno de los ejes centrales de esta competencia es la tecnología, en particular la inteligencia artificial y los semiconductores avanzados. Esta disputa no puede entenderse solo como una carrera por la innovación, sino como una competencia por el control de infraestructuras críticas del poder en el siglo XXI.
En este contexto, el presidente Donald Trump fue acompañado por algunos de los principales CEO de empresas tecnológicas, entre ellos Tim Cook (Apple), Elon Musk (Tesla) y Jensen Huang (Nvidia), quienes asistieron como parte de la delegación estadounidense, lo cual resulta profundamente simbólico: muestra que la tecnología y las grandes empresas ya no son solo actores del comercio internacional, sino actores directos de la geopolítica. La imagen es clara: Estados Unidos no solo negocia con China como Estado, sino también desde el poder de sus corporaciones tecnológicas.
La inteligencia artificial (IA) impacta simultáneamente la productividad económica, las capacidades militares, la ciberseguridad y la configuración del espacio informático. En este sentido, el control tecnológico se convierte en una forma directa de poder estructural.
En paralelo, la política industrial ha adquirido un carácter abiertamente geopolítico. Las restricciones a la exportación de tecnología avanzada, los procesos de reindustrialización en Estados Unidos y la búsqueda de autosuficiencia tecnológica en China reflejan una fragmentación parcial del sistema económico global en esferas tecnológicas competitivas.
Este proceso no implica un desacoplamiento total, sino una reorganización de la interdependencia bajo lógicas de competencia. El resultado es un sistema híbrido: profundamente conectado, pero crecientemente desconfiado.
Infraestructura digital, datos y soberanía
A esta competencia tecnológica se suma una dimensión menos visible pero cada vez más estratégica: el control de la infraestructura global de datos. La disputa no se limita a la inteligencia artificial o los semiconductores, sino que abarca la gobernanza de los flujos de información que sostienen la economía digital.
Centros de datos, plataformas en la nube, estándares de ciberseguridad y, especialmente, los cables submarinos que transportan el 99% del tráfico internacional de internet, se han convertido en activos geopolíticos críticos.
El control o la influencia sobre estos nodos no solo genera ventajas económicas, sino también capacidades de vigilancia, resiliencia estratégica y proyección de poder informático. En consecuencia, la soberanía en el siglo XXI incorpora una dimensión infraestructural y digital cada vez más determinante.
Taiwán como nodo crítico
El caso de Taiwán constituye el punto de mayor sensibilidad dentro de esta arquitectura de competencia entre China y Estados Unidos. Más allá de su dimensión política, la isla es un nodo crítico en la cadena global de semiconductores avanzados, lo que la convierte en un elemento sistémico para la economía mundial.
Esta combinación de centralidad tecnológica y disputa soberana introduce un riesgo estructural: la posibilidad de crisis derivadas no necesariamente de decisiones deliberadas de confrontación, sino de errores de cálculo en un entorno de alta presión estratégica.
Desde la perspectiva de la disuasión, el sistema actual puede describirse como un equilibrio inestable, caracterizado por alta interdependencia económica y creciente competencia militar en el Indo-Pacífico.
En este sentido, Taiwán funciona como un “chokepoint” tecnológico global, donde se concentra una parte crítica de la capacidad productiva que sostiene industrias estratégicas en todo el mundo.
Irán, Ormuz y la vulnerabilidad global
La crisis en Irán añade una dimensión energética crítica a la competencia entre Estados Unidos y China. El Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del comercio mundial de petróleo, se ha convertido en uno de los principales puntos de vulnerabilidad del sistema internacional.
En este contexto, Irán se ha consolidado como un actor que combina presión militar, control territorial y estrategia energética, reforzando su capacidad de influir sobre el tránsito marítimo e incluso utilizando el estrecho como herramienta de negociación económica y geopolítica. Esto es clave: Irán no solo exporta petróleo, sino que también condiciona su paso.
China, altamente dependiente del flujo energético del Golfo Pérsico, busca preservar la estabilidad regional sin romper completamente su vínculo estratégico con Teherán. De este modo, Ormuz deja de ser únicamente un conflicto regional y pasa a convertirse en una variable central de la estabilidad económica global.
En este sentido, el Estrecho de Ormuz constituye un “chokepoint” energético del sistema internacional, donde la interrupción del flujo marítimo tiene efectos inmediatos sobre los precios de la energía, la inflación global y la estabilidad económica mundial.
La situación refleja una característica estructural del sistema contemporáneo: en un contexto de alta interdependencia, una crisis local puede transformarse rápidamente en una crisis económica internacional.
Geoeconomía de los recursos críticos
La competencia entre Estados Unidos y China también se expresa en el control de recursos estratégicos. China mantiene una posición dominante en el procesamiento de tierras raras, minerales esenciales para tecnologías avanzadas, sistemas militares y la transición energética.
Esta asimetría introduce una forma de poder estructural basada no en la fuerza militar o financiera, sino en el control de nodos críticos de las cadenas globales de valor. Al mismo tiempo, refuerza la interdependencia entre ambas economías, limitando la posibilidad de un desacoplamiento completo.
En este contexto, América Latina adquiere una relevancia creciente como espacio clave de provisión de recursos estratégicos, en particular minerales críticos como el litio, el cobre y otros insumos fundamentales para la transición energética y la economía digital. El denominado “triángulo del litio” (Argentina, Bolivia y Chile) se ha convertido en un componente central de las nuevas cadenas globales de valor vinculadas a baterías, movilidad eléctrica y almacenamiento energético. La creciente demanda de estos recursos ha intensificado la competencia por inversión, tecnología de extracción y control de capacidades de refinamiento. Tanto Estados Unidos como China buscan asegurar acceso preferencial a estos insumos, no solo mediante comercio, sino también a través de acuerdos de inversión, infraestructura y financiamiento.
De este modo, América Latina no solo participa como proveedora de materias primas, sino que se posiciona como un espacio geoeconómico estratégico dentro de la reorganización de la interdependencia global. Esta dinámica refuerza su papel como región de competencia indirecta entre grandes potencias, donde el control de recursos críticos influye crecientemente en las condiciones de inserción internacional.
Una competencia sistémica y global
La crisis en Irán añade una capa adicional de complejidad al sistema internacional. La interacción entre conflictos regionales y rivalidad entre grandes potencias refuerza la superposición de niveles de inestabilidad.
China ha buscado posicionarse como actor diplomático con capacidad de mediación, preservando al mismo tiempo su acceso a recursos energéticos estratégicos. Estados Unidos, por su parte, intenta limitar la expansión de la influencia china en regiones clave para la seguridad global.
Estas dinámicas muestran que la competencia sino-estadounidense ya no es únicamente bilateral, sino sistémica y global.
El poder de las percepciones
Un elemento cada vez más determinante en esta competencia es la construcción de las percepciones. El poder internacional no depende únicamente de capacidades materiales, sino también de la forma en que los Estados son percibidos como socios, modelos de desarrollo y fuentes de estabilidad.
En este sentido, la competencia entre Estados Unidos y China también es una disputa por legitimidad internacional y atractivo sistémico. China ha consolidado en diversas regiones, incluidas América Latina, África y Asia, una imagen asociada al pragmatismo económico, la infraestructura y el financiamiento.
Estados Unidos, en contraste, enfrenta en algunos espacios una percepción más ambivalente, influida por la polarización interna, los cambios de orientación estratégica y las tensiones políticas domésticas.
Esta dimensión no sustituye el poder material, pero lo condiciona de manera decisiva: influye en la formación de alianzas, la estabilidad de las asociaciones estratégicas y la capacidad de liderazgo global.
América Latina y la competencia por influencia
América Latina constituye un caso ilustrativo de esta transformación. La creciente presencia china en infraestructura, energía y telecomunicaciones ha modificado el equilibrio tradicional de influencias en la región.
Estados Unidos conserva ventajas estructurales en los planos financiero, institucional y de seguridad, pero enfrenta mayor competencia en inversión, tecnología y percepción de futuro económico.
Más allá de la rivalidad económica, la región se ha convertido en un espacio de competencia entre modelos de inserción internacional: uno basado en la integración institucional y financiera con Estados Unidos, y otro más pragmático, centrado en inversión, infraestructura y rapidez de ejecución asociado a China.
América Latina no actúa como un bloque homogéneo, sino como un conjunto fragmentado de estrategias de adaptación, equilibrio o alineamiento selectivo frente a la rivalidad entre grandes potencias.
Gobernanza global en un sistema híbrido
La visita del presidente Trump a China debe entenderse como un mecanismo de gestión de la competencia global en un entorno de creciente fragmentación. No busca redefinir el orden internacional, sino administrar una relación estructuralmente conflictiva mediante acuerdos parciales, reducción de incertidumbre y estabilización de expectativas.
El sistema internacional se aproxima así a una forma de bipolaridad competitiva no plenamente institucionalizada. A diferencia de la Guerra Fría, la actual configuración se caracteriza por altos niveles de interdependencia económica y tecnológica, lo que dificulta una separación completa de esferas de influencia.
El desafío central de la gobernanza global contemporánea consiste en gestionar simultáneamente tres dimensiones: competencia estratégica, interdependencia estructural y poder de las percepciones.
Conclusión: el orden internacional en transición
Las cumbres entre grandes potencias cumplen una función esencialmente estabilizadora. Su importancia no reside únicamente en los acuerdos que producen, sino en su capacidad para reducir la incertidumbre sistémica y evitar escaladas no intencionadas.
La visita del presidente Trump a China debe interpretarse como un episodio dentro de un proceso más amplio de reconfiguración del orden internacional. El sistema global no ha alcanzado aún un nuevo equilibrio estable, pero ha dejado atrás definitivamente la lógica de la hegemonía unipolar.
En última instancia, la cuestión central no es si Estados Unidos y China competirán por el posicionamiento como superpotencia, lo cual ya es estructural, sino bajo qué condiciones institucionales, tecnológicas y perceptivas esa competencia podrá mantenerse dentro de márgenes compatibles con la estabilidad global.
La gran disputa del siglo XXI no será solo por poder material, sino por la capacidad de construir confianza, dependencia tecnológica, control de datos e influencia sobre las percepciones a nivel global. En este contexto, la competencia también se expresa a través de “chokepoints” estratégicos del sistema internacional, como Taiwán en el ámbito tecnológico y el Estrecho de Ormuz en el energético, que condensan la vulnerabilidad de la interdependencia global.
Pamela Aróstica Fernández es Doctora (PhD) en Ciencia Política por la Freie Universität Berlin y Directora de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM).