Columna sobre Política y Relaciones Internacionales, 1° de Agosto de 2026
La Antártica: reflexiones para China y América Latina
Por Cristián Castillo
Hace unas semanas tuve la oportunidad de exponer sobre la Antártica en Shenzhen, ante una audiencia poco habitual para una conversación sobre el continente blanco: estudiantes de entre 8 y 16 años, quienes se encontraban junto a autoridades y académicos de la región de Asia Pacífico, reunidos en la APEC Blue Citizen Community Summer School, una escuela experimental dedicada al conociendo del océano.
No fue una charla técnica sobre glaciares, biodiversidad o investigación polar. Fue, más bien, una invitación a mirar la Antártica desde otra perspectiva: como una prueba viviente de que la cooperación internacional todavía es posible, incluso en un escenario global marcado por la competencia entre potencias, la incertidumbre geopolítica y la creciente presión sobre los bienes comunes del planeta.
Mientras preparaba esa presentación, volví a un dato que conocía, pero que pocas veces se cuenta con la fuerza simbólica que merece. En la isla Rey Jorge, en la península Fildes, la estación china Gran Muralla —la primera base antártica de China, inaugurada en 1985— se encuentra a apenas 2,5 kilómetros de la base chilena Presidente Eduardo Frei Montalva.
Dos países que en otros espacios pueden aparecer como actores con intereses distintos comparten allí un camino de tierra construido conjuntamente. Junto a estaciones de Rusia, Uruguay, Corea del Sur y Brasil, mantienen una red cotidiana de cooperación logística: transporte, infraestructura, apoyo operacional e incluso combustible cuando las condiciones lo requieren. En la Antártica, donde las temperaturas extremas, el aislamiento y la distancia obligan a depender de otros, la cooperación no es solamente un gesto diplomático: es una condición para sobrevivir y avanzar.
Esa imagen contiene una lección que va más allá del continente blanco. Muestra que China y América Latina pueden encontrar espacios de colaboración que no estén definidos únicamente por el comercio, la inversión o las tensiones estratégicas. Existen ámbitos donde la relación puede construirse sobre intereses compartidos y responsabilidades comunes.
Más allá de la relación económica
Durante las últimas décadas, la relación entre China y América Latina ha sido analizada principalmente desde una perspectiva económica. Las cifras de comercio, las inversiones en infraestructura, la demanda china por materias primas y los debates sobre dependencia o autonomía estratégica han dominado buena parte de la conversación pública.
Es comprensible que así sea. China se ha convertido en un socio comercial fundamental para numerosos países latinoamericanos y su presencia económica en la región es una realidad que seguirá creciendo.
Sin embargo, reducir el vínculo bilateral exclusivamente a esa dimensión significa perder de vista otras áreas donde existe un enorme potencial de cooperación: la ciencia, la educación, la innovación tecnológica y la protección ambiental.
La Antártica ofrece precisamente un espacio donde esas dimensiones pueden converger.
El continente blanco es uno de los pocos lugares del planeta donde la cooperación internacional ha logrado mantenerse durante décadas como principio organizador. El Sistema del Tratado Antártico, creado en 1959, nació en un momento histórico marcado por la Guerra Fría, las rivalidades entre grandes potencias y las disputas territoriales.
A pesar de ese contexto, los Estados decidieron establecer un marco común que permitiera utilizar la Antártica exclusivamente para fines pacíficos, promover la investigación científica y evitar que las diferencias políticas bloquearan la cooperación.
Más de seis décadas después, ese sistema continúa siendo uno de los ejemplos más importantes de gobernanza internacional basada en el consenso. Las decisiones relevantes requieren negociación y diálogo. Ningún país puede simplemente imponer su voluntad sobre los demás.
La experiencia antártica demuestra que la cooperación no requiere que los Estados piensen igual. Requiere reconocer que existen desafíos que superan las fronteras nacionales.
China y la ciencia antártica
China ingresó al Sistema del Tratado Antártico en 1985, el mismo año en que inauguró la estación Gran Muralla. Desde entonces, Beijing ha desarrollado una presencia científica creciente y actualmente opera cinco estaciones en el continente, incluida Qinling, inaugurada en 2024.
La expansión de esta presencia ha generado análisis y debates internacionales sobre el papel futuro de China en la gobernanza polar. Como ocurre con cualquier potencia con intereses globales, su participación en regiones estratégicas genera preguntas legítimas.
Pero también existe una realidad que no debe perderse de vista: la investigación antártica es, por naturaleza, un esfuerzo internacional. Comprender el funcionamiento de los océanos, el comportamiento del clima, la evolución de los glaciares o los cambios en los ecosistemas australes requiere datos, capacidades y colaboración de múltiples países.
La ciencia antártica funciona mejor cuando conecta instituciones y comunidades científicas más allá de las fronteras políticas.
En ese contexto, la presencia china puede representar una oportunidad para ampliar la cooperación con América Latina, especialmente con países que poseen una larga trayectoria polar, como Chile, Argentina, Brasil y Uruguay.
Chile como puente regional
Chile ocupa una posición singular frente a la Antártica. Su cercanía geográfica, su historia de investigación científica y su presencia permanente en el continente le han otorgado una vocación antártica que supera la dimensión territorial.
Pero esa vocación no puede interpretarse como una tarea individual. La Antártica no pertenece exclusivamente a un país ni puede ser protegida por un solo actor. Su futuro dependerá de la capacidad de construir acuerdos entre Estados con diferentes intereses, capacidades y visiones.
Chile tiene una oportunidad particular: actuar como un puente entre América Latina y la comunidad internacional que participa en la gobernanza antártica. Eso implica comprender que la cooperación con China no debe limitarse a una relación económica tradicional. También puede incluir investigación científica conjunta, intercambio académico, formación de nuevas generaciones de investigadores y proyectos vinculados al océano y al cambio climático.
La pregunta relevante no es si existirán diferencias entre China y América Latina. Inevitablemente existirán, como ocurre entre todos los países. La pregunta es si esas diferencias impedirán encontrar espacios donde exista un interés común. La experiencia antártica demuestra que no necesariamente.
La ciudadanía azul como nueva forma de entender el océano
Durante mi visita a Shenzhen utilicé el concepto de “Blue Citizen”, o ciudadano azul, para explicar una idea que considero fundamental: el océano no pertenece a un país, una región o un bloque político. Es un sistema compartido que conecta a todas las sociedades. La Antártica representa la expresión más extrema de esa realidad.
Lo que ocurre en sus hielos, sus océanos y sus ecosistemas tiene consecuencias mucho más allá de sus costas. El retroceso de los glaciares, los cambios en las corrientes oceánicas, la dinámica del kril y la transformación de los ecosistemas australes tienen efectos sobre comunidades ubicadas a miles de kilómetros de distancia.
Shanghái y Valparaíso pueden parecer ciudades separadas por una enorme distancia geográfica, pero ambas están conectadas por el mismo océano y enfrentan desafíos derivados de un sistema climático común.
La idea de ciudadanía azul propone precisamente cambiar la manera en que entendemos nuestra relación con el planeta. No como propietarios individuales de recursos naturales, sino como responsables compartidos de sistemas que sostienen la vida.
Aplicada a la relación entre China y América Latina, esta mirada abre una posibilidad distinta: construir un vínculo donde ambas partes no sean solamente compradores y vendedores, inversionistas y receptores de capital, sino también socios en la protección de uno de los últimos grandes bienes comunes del planeta.
Una oportunidad para el futuro
No se trata de idealizar las relaciones internacionales ni de ignorar las tensiones que existen entre los Estados. La competencia estratégica seguirá formando parte del escenario global. Pero los grandes desafíos del siglo XXI —el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la transformación de los océanos— no pueden enfrentarse desde la lógica de la competencia permanente.
La Antártica ofrece una enseñanza sencilla pero profunda: incluso en los escenarios más difíciles, la cooperación es posible cuando existe una comprensión compartida de los desafíos.
El camino de 2,5 kilómetros entre la estación Gran Muralla y la base Presidente Eduardo Frei Montalva existe porque dos países entendieron que, en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, era más razonable compartir una vía que construir dos caminos separados. Esa imagen puede parecer pequeña frente a los grandes debates de la política internacional. Pero precisamente ahí reside su fuerza.
En un momento donde la relación entre China y América Latina suele medirse en toneladas exportadas, cifras de inversión o disputas geopolíticas, vale la pena recordar que algunos de los puentes más importantes no comienzan en los grandes puertos ni en los acuerdos comerciales. A veces comienzan simplemente compartiendo un camino.