Columna sobre Economía, Comercio e Inversión, 1° de Junio de 2026
Inteligencia Artificial (IA): China prueba que es posible regular y estimular su innovación
Por Beatriz Juárez Aguilar
La inteligencia artificial (IA) está convirtiéndose en la tecnología que reconfigura al poder mundial y China también la aprovecha para su propia transformación.
Desde América Latina, una gran parte del debate contemporáneo sobre inteligencia artificial se apoya de una idea casi intuitiva: regular esta tecnología implica necesariamente frenar su innovación. Mientras gobiernos y expertos en políticas públicas de nuestra región, se enfocan automáticamente en Europa y EUA: éstos aún no consiguen una gobernanza en IA que proteja a los usuarios mientras estimula su desarrollo tecnológico.
Sin embargo, China no solo ha construido uno de los ecosistemas de inteligencia artificial más dinámicos del mundo, sino que lo ha hecho mientras consolidaba uno de los marcos regulatorios más extensos y sofisticados en materia digital.
A la fecha está fortaleciendo una gobernanza ágil que se adapta velozmente a los cambios tecnológicos y donde la regulación no necesariamente opera como un mecanismo de restricción absoluta. En realidad, cumple una doble función: proteger y reorientar.
Por una parte, se estableció un grupo de instrumentos jurídicos que reconocen nuevos derechos personales, otorgando protección especializada a grupos vulnerables, como menores de edad, adultos mayores y trabajadores de la economía colaborativa, previniendo abusos.
Esta ampliación significativa de los derechos vinculados a la privacidad, la protección de datos personales y la transparencia en la toma de decisiones automatizadas, responde a riesgos concretos generados por la expansión de la inteligencia artificial, como la opacidad algorítmica, la manipulación informativa, el uso intensivo de datos personales o la discriminación automatizada.
Con lo cual se trabaja efectivamente en el desarrollo de una IA más responsable, confiable y transparente, lo cual está conduciendo a su uso más seguro, al incremento en la confianza pública y a una mayor estabilidad social.
Sin embargo, no todas las aplicaciones de la inteligencia artificial reciben el mismo tratamiento. Mientras los sistemas orientados al consumo masivo —como redes sociales, comercio electrónico, juegos— enfrentan mayores niveles de supervisión, los usos industriales y productivos tienden a recibir mayor flexibilidad e incentivos.
Dado que la IA industrial precisa de los datos que provienen de máquinas, robots, sensores, internet industrial de las cosas, cámaras, procesos, inspección, mantenimiento, etc. la gran mayoría de sus actividades quedan exentas de las obligaciones de protección a las personas.
No obstante, estas empresas aún tienen que cumplir con su propio grupo de instrumentos sobre ciberseguridad, protección de datos industriales, estándares, autorregulación sectorial, etc. pero siempre apoyados por políticas públicas nacionales y locales que alientan la modernización industrial por medio de la inteligencia artificial para entornos industriales.
Las altas exigencias de protección diferenciada a los usuarios y trabajadores, ha sido un factor que ha dificultado al sector empresarial entrar o permanecer en la IA destinada al consumidor.
Con una jugada maestra —pero no premeditada— el gobierno chino eximió de estas cargas a la investigación y a la IA industrial. Logrando que el talento y el capital tecnológico abandonara el entretenimiento superficial y se enfocara en la economía real: manufactura inteligente, logística, medicina, agricultura.
De este modo, el estado chino ha logrado que las empresas con capacidades de IA se centren en la industria y en las prioridades tecnológicas nacionales: semiconductores, GPU avanzados, autos eléctricos, industrias del futuro, robots, etc. y todos los sectores en los que tengan un atraso o pudieran ser afectados por crecientes restricciones de EUA en sectores tecnológicos.
Así que las sanciones estadounidenses, lejos de volverse un freno, resultaron ser un catalizador: forzaron a los expertos chinos a innovar, produciendo soluciones propias para solventar la ausencia de productos y servicios extranjeros que ya no podían comprar. Lo cual fue posible porque ya se tenían las bases de infraestructura especializada y un personal altamente capacitado y educado.
En un giro inesperado, los políticos de ambas naciones coinciden en que las restricciones estadounidenses son favorecedoras, porque para Washington éstas son clave para detener el avance chino en IA y para Beijing, pese a la relentización temporal, conllevan a la integración de cadenas de suministro locales y, a largo plazo, a la independencia tecnológica y al fortalecimiento nacional, logrando que sus empresas finalmente se alineen a los objetivos nacionales.
En la actualidad, los resultados han sido muy positivos, por lo que ahora el 15to Plan Quinquenal (2026-2030) enfoca su transformación y fortalecimiento a través del uso de la IA física (physical AI), la IA agéntica (agentic AI), la IA corpórea (embodied AI), entre otras.
El caso chino demuestra que la regulación funciona como un instrumento de direccionamiento estratégico. Donde esta diferenciación es clave: no se trata de regular por igual todo el ecosistema, sino de orientar su evolución hacia sectores considerados estratégicos para el desarrollo económico del país.
Así que ahora, la UE —con el fin de aumentar su competitividad, inversión y productividad— también ha integrado esta regulación diferenciada. Por lo que (tal vez) siguiendo las buenas prácticas chinas y ha atendido los llamados del sector industrial para que las empresas que utilicen la IA industrial cumplan principalmente con el Reglamento sobre Máquinas y no con el Reglamento de Inteligencia Artificial.
Si bien en los medios se sigue denominando a Europa como el mayor regulador de la IA y que tal afán regulador no le ha permitido competir a la misma velocidad, el caso chino prueba lo contrario: se puede regular la IA sin detener la innovación.
América Latina no debe replicar la experiencia china, pero puede extraer lecciones fundamentales:
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Se desmantela el mito de que la regulación de la IA impide su innovación.
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Revela las ventajas de la regulación vertical: puesto que en lugar de crear un marco general —como en el caso de la UE— para regular de una vez por todas una tecnología que cambia rápidamente, es más eficaz regular los elementos y usos específicos de la inteligencia artificial.
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Subraya que poder innovar, es necesario crear las condiciones necesarias: apoyar la educación y el establecimiento de infraestructura especializada.
Entonces, el caso chino nos permite tener una visión estratégica para concebir a la regulación como una herramienta eficaz para tramitar del uso de tecnologías extranjeras a la verdadera soberanía e innovación tecnológica regional.