Columna sobre Historia y Relaciones Culturales. 1° de febrero de 2024

El Dragón en la cultura china: Fiereza, poder y belleza

Por Sergio Cesarin
El 2024 el ingreso al Año del Dragón de madera, moviliza nuestra curiosidad y sentimientos con el fin de desentrañar los atributos simbólicos, míticos y místicos propios de una valorada criatura que ocupa el centro de la iconografía china. Asumida como fuente del poder celestial y terrenal encarnado en los soberanos imperiales y símbolo potente de la China tradicional y moderna China, su relevancia cultural es tan evidente que hasta influye en la regulación de las tasas de natalidad en los años que le corresponden con el zodíaco lunar. Su figura está intrínsecamente vinculada a la fortuna, el poder, la lucha, las transformaciones, e incluso, catástrofes naturales y disruptivos procesos políticos.
El rasgo específico para este Año Nuevo Lunar del Dragón es el elemento madera, por lo cual se lo tipifica como asociado a un elemento noble el cual mixtura valores como unión con la naturaleza, la entrega generosa para producir calor, energía, cobijo hogareño y movimiento de máquinas que producen bienes y servicios, sin dudas asociada, también a la estética y decoración. Suele caracterizarse al Dragón como depositario de sabiduría, dones de longevidad y bienestar. Al compararlo con el resto de la fauna del Zodíaco chino, el Dragón se destaca por su inexistencia real y ser una criatura “excepcional”. Considerado un símbolo mítico por excelencia en culturas asiáticas, sus representaciones, predominantemente benevolentes y auspiciosas, difieren de las caracterizaciones que adoptó en Europa donde diferentes culturas lo asociaron a catástrofes y lo maligno.
Su figura transmite fiereza, temperamento, determinación, temeridad y coraje, atributos propios de guerreros, y monarcas absolutos por lo que está íntimamente ligado al ejercicio del poder de mando y conducción. La adopción de su figura como símbolo del poder, reside, en que la figura del Emperador  no podía estar asociado a ningún ser mortal y lo terrenal, por lo tanto el Dragón fue puesto más allá de lo natural, un meta-animal, fuera de lo meramente finito. Su rostro ejerce magnetismo y atracción a quien lo observe y por su morfología transmite acción, iniciativa, la fuerza y potencia que deviene del Yang, principio activo masculino. En ocasiones podemos detectar hasta una sonrisa, propia de una serpenteante figura que alegra fiestas populares. Compone junto al Ave Fénix, el epicentro de la iconografía imperial, ambos vinculados al poder y complementarios: según la tradición nacional, el Dragón vuela y el Fénix danza; será en el contexto de un rito de apareamiento?.
A pesar de las modificaciones sufridas durante siglos en sus representaciones, el Dragón sigue siendo para la cultura china, una criatura desafiante, atento a su entorno y observador a través de grandes ojos. Como una síntesis mítica, reúne rasgos de propios de otras criaturas como las aves, su cuerpo recubierto de escamas remite al mundo acuático, una melena de león corona su cabeza, sus patas acaban en garras de águila y es, básicamente en su representación más común, una serpiente (pequeño Dragón); por cierto, criatura que lo sucede en el zodíaco chino y no sólo es considerada depositaria de gran sabiduría sino, además, constituye un exquisito manjar en la sofisticada cultura culinaria nacional.
Una de sus representaciones más potentes es bajo la figura de Tianlong o Dragón Celestial, a él le ha sido otorgado el don de volar y, por lo tanto, es un ser dotado de cualidades excepcionales en la cosmología china por ser el único en el conjunto que integran la fauna zodiacal con esa capacidad; por el contrario, el tigre salta, el conejo corre, el búfalo se desplaza cansinamente, el mono trepa, el caballo galopa, todos apoyados en la tierra y sujetos a la tiranía del suelo y la gravedad. Al volar puede observar “desde arriba” el mundo natural como lo debe hacer el buen soberano, alejado de las tensiones propias de lo terrenal y en contacto con el cielo.
En China su figura nutre el espacio privado y público; lo vemos en pinturas, esculturas, murales, cerámicas, vasijas, ornamentos, trajes, representaciones escultóricas; su esbelta figura decora esquinas de edificios y corona los techos de hermosos palacios chinos. La tradición nos indica que su presencia en los extremos de tejados, busca alejar malas influencias de los hogares; asimismo, obliga al viajero y transeúnte a elevar la mirada admirar su colorida figura en mixtura con el cielo. Su tono amenazante, infunde temor al enemigo y por eso aparece en empuñaduras de espadas y armas y también suele aparecer junto a la milenaria tortuga.
En Asia, el dragón ha sido y es considerado una criatura benéfica y símbolo de buena fortuna. A diferencia de sus representaciones occidentales, los dragones orientales no tienen alas y, por ende, similares a la Serpiente Emplumada, mito típico de las culturas mesoamericanas. En Japón y Corea, se les atribuye valores como sabiduría, simbolizan el poder espiritual supremo, el poder terrenal y celestial, el conocimiento y la fuerza.
El síntesis, el Dragón es parte fundamental de la cultura china, posible de hallar en casas y lugares públicos, sus representaciones componen una iconografía a nivel nacional que persiste luego de milenios; atrapan por su originalidad como criaturas y suelen ser seres traviesos de allí su importancia en fiestas populares como motivo de alegría para quienes logran tocarlo con la esperanza de obtener fortuna personal y familiar. La historia china evidencia aún hoy en el siglo XXI, su centralidad en la cultura nacional; no es de extrañar entonces que China viva, ojalá un –necesario- baby boom durante el año del Dragón de madera.

 

Sergio Cesarin es Master of Arts de la Universidad de Pekín. Coordinador del Centro de Estudios sobre Asia del Pacífico e India (CEAPI), Docente de la Maestría en Economía y Negocios con Asia del Pacífico e India de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) e integrante del Consejo Editorial de REDCAEM.