Columna sobre Educación, Tecnología y Cooperación, 19 de Octubre de 2026

 

Chinos en América Latina: huellas, fracturas y retazos de una larga historia

Por Yanet Jiménez Rojas

 

En 2024, China Southern abrió una ruta entre Shenzhen y la Ciudad de México: 14 mil kilómetros en unas 15 horas. A fines del año pasado, China Eastern Airlines inauguró la ruta Shanghái-Buenos Aires, cubriendo alrededor de 20 mil kilómetros en unas 25 horas, con una escala en Auckland, Nueva Zelanda. El avión del vuelo inaugural a Suramérica fue decorado con objetos emblemáticos de la colección del Museo Nacional de China y para su regreso se anunciaron bodegas cargadas de cerezas argentinas y salmón chileno. La prensa destacó el establecimiento de un “corredor sur”, con el que para ir de China al Río de la Plata ya no era preciso transbordar en Europa o en América del Norte. Más recientemente, en abril de 2026, la misma compañía amplió su presencia en la región mediante acuerdos con LATAM para arribar a Shanghái cruzando dos océanos: desde Santiago de Chile, por Oceanía; desde São Paulo, pasando por Londres, Milán, Roma, o París. Pasajeros en cabina, cargas en bodega; estas rutas han sido celebradas, con razón, como novedades. Las conexiones aéreas lo son; la movilidad de mercancías y personas entre China y América Latina, no. Tiene un antecedente remoto en la Nao de China, que durante dos siglos y medio enlazó América con Asia. Cobró impulso al calor de la expansión capitalista decimonónica y de la conformación de un mercado global del trabajo que alentó migraciones transoceánicas.

Huellas del pasado: entre la mano de obra y la violencia

Estamos ante vínculos de larga duración que no implican un fluir continuo, por un cauce homogéneo e incesante. Más allá de las continuidades, entre el presente y el pasado median abismos y silencios, también fracturas violentas. Volvamos la mirada atrás. El 3 de junio de 1847 la fragata Oquendo arribó a La Habana con 206 chinos que en enero de ese año habían embarcado en Amoy. Fue el inicio del sistema de contratación de culíes, mediante el cual, hasta 1874, llegaron unos 125 mil migrantes a Cuba y 100 mil al Perú para satisfacer la alta demanda de brazos en los ingenios azucareros cubanos y en las haciendas e islas guaneras peruanas en el contexto de ilegalización de la trata negrera. Aquellos migrantes, casi todos hombres jóvenes, salieron del mismo sur de China del que hoy despegan aviones a México: Shenzhen está en Guangdong, en el Delta del río Perla, junto a Hong Kong y cerca de Macao, dos de los principales puertos de embarque de culíes.
Aunque fueron expuestos a condiciones de semi-esclavitud, a recontrataciones forzadas, castigos corporales y vejaciones, y trabajaron muchas veces junto a los esclavizados, la historia de los culíes no se agota en el sufrimiento. Quienes lograron sobrevivir al fin de sus contratos desplegaron una enorme capacidad de agencia: se independizaron, muchos se establecieron en las ciudades, abriéndose paso como comerciantes, dependientes o braceros, enriqueciendo y complejizando el tejido urbano y rural de nuestra región. A ellos se sumaron migrantes libres que, fundamentalmente, se establecieron en México, Perú, Centroamérica y el Caribe, impulsando tiendas, fondas, lavanderías o casas importadoras que enlazaron pueblos y urbes latinoamericanas con Hong Kong, con San Francisco, y entre sí.
Entre ese escenario de fines del siglo XIX y comienzos del XX y el de ahora median: la sinofobia, atravesada por discursos racistas, leyes de exclusión y estallidos de violencia, como la masacre de Torreón en 1911 o las expulsiones de Sonora y Sinaloa entre 1931 y 1934. Median, también, la restricción de la emigración desde la China continental a partir de 1949 y las tensiones con Taiwán, que dividieron lealtades dentro de las comunidades sino-latinoamericanas. Los aviones de hoy no prolongan mecánicamente el pasado; se superponen a memorias y pasados que no siempre han sido tomados en cuenta.

 

La ilusión del bloque homogéneo: pluralidad y vida cotidiana

Con frecuencia, los distintos proyectos nacionales y nacionalismos mestizos latinoamericanos dejaron “lo chino” fuera de su definición de la nación y sus ciudadanos. En la Chihuahua de comienzos del siglo XX, por ejemplo, los hortelanos chinos podían abastecer de verdura una ciudad entera y seguir siendo extranjeros en ella. Sin embargo, los registros documentales nos revelan inmigrantes asiáticos que asumieron nombres hispanos, formaron familias, pertenecieron a una sociedad clánica y enviaron remesas a su aldea, todo a la vez. Algunos se percibían de paso; muchos, en su ir y venir, ayudaron a crear formas nuevas, del chifa peruano a los cafés de chinos de la Ciudad de México. La mirada externa, materializada en decretos, censos oficiales o noticias, tan apegada al uso genérico del término “chino”, los volvió un bloque, desdibujando su pluralidad de origen, lenguas, creencias, pertenencias de clase o filias ideológicas. Ni la nación ni el mestizaje, tal como se concibieron, dejaron sitio a esa pluralidad. Podría decirse que, en general, muchos seguimos mirando así.
Y ello, pese a que el mapa contemporáneo de la presencia china en la región es hoy todavía más heterogéneo y complejo. A las comunidades históricas de origen cantonés, ya plurigeneracionales, como las de México o Perú, se ha sumado en las últimas décadas una inmigración regular e irregular de procedencias diversas, notable en el eje Caracas-Valencia, en Ciudad de Panamá o en São Paulo, y más discreta en Ecuador, Guatemala, Colombia, Bolivia o Chile. Habría que considerar, además, a miles de migrantes chinos que cruzaron el Darién rumbo a Estados Unidos.
Mucho más joven que el de la calle Capón en Lima o el de Zanja en La Habana, el Barrio Chino de Belgrano fue impulsado en los años ochenta por familias taiwanesas y en los noventa creció y se diversificó con la llegada de fujianeses, hasta convertirse en un polo gastronómico y uno de los circuitos turísticos más visitados del Buenos Aires actual. En muchas urbes latinoamericanas prosperan supermercados y tiendas chinas, mayoristas y minoristas; muchas familias que los atienden conservan en casa la lengua de origen, mientras que el Año Nuevo lunar se celebra para toda la ciudad. No todo es integración: la explotación laboral, las extorsiones, o la sinofobia desatada durante la pandemia, así lo evidencian. Al igual que en el caso de las primeras generaciones migrantes, estas nuevas experiencias combinan conservación, adaptación y reinvención cultural, pero en condiciones distintas: con más visibilidad y conexión digital, para empezar.
A esa diversidad se suman los nexos de los grupos de migrantes y descendientes con sus lugares de origen y con sus sociedades receptoras. Son poblaciones plurales, atravesadas por tensiones internas y con aspiraciones propias: el progreso económico, la visibilización de su interculturalidad en las sociedades de acogida, la conexión con sus raíces culturales chinas, o demandas de justicia y reparación histórica, entre otras. Han sido, y son, canales de información e intercambio, de movilidad de personas, capital y mercancías, y en su devenir histórico no faltan episodios de movilización política, como el movimiento contra los Qing y a favor de la república, o el respaldo a la resistencia antijaponesa entre 1931 y 1945. A la luz de todo ello, no deben ser tratadas como puentes ya tendidos, ni como instrumento de las relaciones de cada país latinoamericano con China, ni un atajo para promover el comercio o la inversión. La política exterior de la República Popular China ha tomado muy en cuenta a los llamados chinos de ultramar, ubicando a la diáspora como agente de su diplomacia pública y factor de influencia cultural en la región, pero ese interés no se traduce en una alineación cerrada. Las respuestas son tan plurales como las comunidades mismas.

 

Más allá de la diplomacia: agenda propia y cuentas pendientes

¿Qué se sigue de todo esto? Para quienes investigamos, una agenda: abrir y cruzar los archivos, estudiar las migraciones recientes junto a las históricas, contrastar experiencias entre países en lugar de sumar casos nacionales y escuchar a las comunidades sino-latinoamericanas antes de hablar en su nombre. Para quienes diseñan políticas, reserva. Pese a su heterogeneity, los gobiernos latinoamericanos, en general, suelen mantener una posición reactiva frente a las agendas, políticas y necesidades de Beijing, en lugar de formular las propias. A la vez, una agenda propia no puede descansar en comunidades a las que solo se conoce superficialmente. Cuando en 2021 el gobierno mexicano pidió perdón por los agravios a la comunidad china en México ante el embajador de la República Popular China, también agradeció al Estado chino por su apoyo durante la pandemia. Así, un acto de reparación histórica hacia una comunidad de la nación mexicana quedó envuelto en los marcos de las relaciones bilaterales sino-mexicanas.
Vuelvo a los aviones. Un vuelo de 25 horas no inaugura una relación ni prolonga otra: aterriza sobre un terreno con historia, hecho de continuidades y de fracturas. Leer América Latina también desde el Pacífico nos obliga a mirar ese terreno completo y a aceptar que categorías como nación, mestizaje o raza, tal como las hemos usado, no alcanzan para explicarlo a cabalidad. Al momento de preguntarnos qué quiere China de América Latina, valdría la pena considerar, en paralelo, qué hizo y hace América Latina con “sus” chinos. La respuesta está en las calles que hoy recorremos, también en los archivos, en la memoria de segundas, terceras y más generaciones, y no siempre nos favorece.

 

Yanet Jiménez Rojas Profesora titular, Investigadora y Coordinadora de Posgrados en Antropología Social de la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mor y Maestra en Estudios de Asia y África por El Colegio de México (COLMEX). Integrante de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM).