Columna sobre Geopolítica y Geoestrategia, 27 de Septiembre de 2026

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China y Estados Unidos: La revolución de la IA y la robótica y su impacto en el resto del mundo

Por R. Evan Ellis
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La declaración del CEO de Anthropic, Dario Amodei, en septiembre de 2026 de que el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial debería desacelerarse para maximizar sus beneficios y minimizar sus riesgos, puso de relieve el impacto de esta tecnología de rápido desarrollo en el mundo. En mis escritos anteriores, he examinado sus efectos potencialmente revolucionarios en las estructuras y dinámicas económicas mundiales, los asuntos militares, los sistemas políticos y el equilibrio de poder entre los Estados Unidos, la República Popular China (RPC) y otros actores.
Hasta la fecha, gran parte del discurso actual sobre la revolución tecnológica que se desarrolla ante nosotros se centra en los dos principales Estados impulsores de las tecnologías habilitadoras: los Estados Unidos y la RPC, y la competencia entre ellos. Esta orientación se puso especialmente de manifiesto con la inclusión de la Inteligencia Artificial como tema clave en la cumbre de septiembre de 2026 entre el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo chino Xi Jinping.
Más allá de Washington y Pekín, sin embargo, el impacto potencial de la inteligencia artificial en el resto del mundo es menos comprendido pero igualmente significativo. Es probable que siga dinámicas relacionadas, pero distintas de las que afectan a EE. UU. y a la RPC.
A finales de septiembre de 2026, tuve la oportunidad de presentar mi perspectiva sobre el tema en un evento organizado por la Fundación Konrad Adenauer, el Instituto de Diálogo y Estudios Estratégicos y la Universidad Anáhuac de México. Allí dialogué con colegas académicos en México sobre el impacto de la inteligencia artificial en las «potencias medias» y su papel en el sistema internacional en evolución. El presente trabajo presenta mi análisis sobre el tema, incorporando mis observaciones en el evento y las ideas derivadas de la interacción asociada con mis colegas.

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Conceptos marco

La inteligencia artificial es ampliamente reconocida como el motor de una transformación global multidimensional, con implicaciones enormes, aunque desiguales y difíciles de predecir, para las dinámicas económicas, militares y estratégicas globales. Sin embargo, su pleno impacto llegará a través de la incorporación de la IA en la robótica y otra automatización, en interacción con el big data, la conectividad global en constante expansión, la computación cuántica y otras tecnologías fundamentales. Estos avances podrían producir enormes ganancias de productividad en una gama de industrias actuales y nuevas, pero casi inevitablemente también crearán riesgos existenciales. Entre ellos se incluyen los daños derivados de cómo las nuevas tecnologías amplían enormemente el perjuicio que los humanos pueden causarse entre sí de forma accidental o deliberada —incluyendo la facilitación de nuevos patógenos con capacidad pandémica diseñados genéticamente y ciberataques devastadores—, hasta desencadenar una guerra nuclear, así como los escenarios ampliamente debatidos de «la IA se vuelve contra sus creadores».
Aun cuando la adopción de la IA y su interacción con otras tecnologías genere enormes beneficios potenciales, existe también una alta probabilidad de que resulte disruptiva para las dinámicas económicas, militares, de seguridad y políticas globales. En el camino, podría aumentar la desigualdad, la criminalidad y la agitación social, debilitar a las democracias frente a los sistemas autoritarios y desplazar el equilibrio de poder económico, militar y estratégico hacia China, como he argumentado en otros espacios.
Las transformaciones desatadas por estas tecnologías pueden asemejarse al cambio producido por la Revolución Industrial y el surgimiento del nacionalismo popular, aunque es probable que sean más rápidas, más disruptivas y potencialmente más mortíferas.
Como parte de esta transformación global, las potencias medias —que van desde Brasil y México hasta Irán, Turquía, Alemania, India y otros— pueden enfrentarse a severos desafíos políticos y económicos, junto con una menor autonomía y un papel cambiante en un sistema internacional transformado.
La perspectiva pesimista para las potencias medias en este trabajo refleja la probabilidad de que les resulte difícil desarrollar sus propios modelos de IA de frontera económicamente competitivos, así como la robótica complementaria y los sistemas autónomos de vanguardia. Por lo tanto, se verán obligadas en gran medida a elegir entre adoptar la tecnología de empresas dominantes basadas en EE. UU. y la RPC, o permitir que sus economías y bases de poder nacional sean cada vez menos competitivas frente a las de quienes sí lo hagan.
Al igual que en anteriores revoluciones tecnológicas e industriales, en nombre del nacionalismo o la autonomía, algunos líderes políticos probablemente elegirán ese último camino autodestructivo de autonomía o comportamiento antisistema, de la misma manera que algunos gobiernos de izquierda en América Latina y otras partes en el siglo XX buscaron aplicar la industrialización por sustitución de importaciones y otras estrategias de desarrollo autónomo, en última instancia a un gran costo para su posición económica relativa y poder nacional.
Los ecosistemas tecnológicos entre los que las potencias medias tendrán que elegir probablemente se cristalizarán alrededor de los de Estados Unidos y la RPC. Al igual que con otros elementos de la competencia estratégica entre EE. UU. y la RPC, en aras de la seguridad y la protección de la propiedad intelectual, ambos gobiernos probablemente insistirán en que, para acceder a sus tecnologías más sensibles, se renuncie a la integración con el ecosistema de su competidor.
Aun así, pueden surgir alternativas relevantes, aunque menos capaces, en torno a las tecnologías desarrolladas por la Unión Europea, Japón y Corea del Sur, la India o alguna combinación de estos.
A pesar de tales matices y posibilidades, el curso más probable es que, en la próxima revolución tecnológica, las potencias medias y otros países tengan menos espacio para el desarrollo autónomo del que tuvieron durante la era del «movimiento de países no alineados» en la Guerra Fría. De hecho, tales dilemas pueden plantear cuestiones teóricas sobre lo que significa ser una «potencia media» en el nuevo entorno.

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Impactos a corto plazo en la situación de las potencias medias

A corto plazo, el cambio tecnológico impulsado por la IA tendrá importantes efectos económicos en las potencias medias y otros Estados, pero probablemente tendrá un efecto limitado en su posición estratégica. Para ellos, la participación en la nueva economía tecnológica estará probablemente dominada por iniciativas de individuos y empresas líderes, más que por una adopción generalizada y efectiva de tecnologías transformadoras que pudieran producir una transformación sistemática de la capacidad estatal o de la base económica nacional.
Esto no pretende negar que se estén llevando a cabo importantes proyectos de computación en la nube, inteligencia artificial y materias relacionadas entre las potencias medias. En América Latina, México y Brasil destacan como anfitriones incipientes de computación en la nube y algunas aplicaciones de IA.
En México, los proyectos incluyen más de $82 mil millones en instalaciones de computación en la nube actuales o planificadas, centradas en un clúster emergente de nube e IA en Querétaro, aunque aún no está claro si habrá un suministro de energía adecuado para que todos los proyectos salgan adelante. Empresas surcoreanas, taiwanesas y japonesas también se han comprometido a invertir $7.7 mil millones en instalaciones de fabricación de semiconductoresen Guadalajara y Ciudad Juárez, principalmente para chips destinados a centros de datos de EE. UU.
En Brasil, los inversores se han comprometido con más de $80 mil millones en proyectos de centros de datos, principalmente en el estado de Ceará, con aproximadamente la mitad del financiamiento prometido proveniente de la empresa ByteDance, con sede en la RPC. Los inversores también han anunciado más de $1.6 mil millones en instalaciones de fabricación de semiconductores, principalmente en los estados de São Paulo, Rio Grande do Sul y Amazonas. Más de $1 mil millones de esa inversión, la gran mayoría, están prometidos por la firma Ziliatech, con sede en la RPC.
Aunque la escala de esta inversión actual suena prometedora, desde la perspectiva de la posición de las potencias medias en el sector de la IA, el patrón hasta la fecha parece asemejarse a las relaciones de fabricación neocoloniales de eras anteriores, en las que el capital extranjero financiaba la introducción de tecnologías e instalaciones de fabricación, cuya operación y tecnología estaban en gran medida controladas por esos intereses extranjeros, en asociación con las elites locales. De manera similar, México, Brasil y otras potencias medias están cortejando la inversión extranjera china, estadounidense y de otros países para la automatización de fábricas, operaciones agrícolas o en la extracción de minerales estratégicos, con pocas pruebas de iniciativas propias a este respecto. Esta trayectoria hará probable que los inversores extranjeros conserven un control sustancial y capturen gran parte del valor añadido en estos ámbitos emergentes.
Además de las limitaciones en la forma en que las potencias medias participan en la nueva economía emergente de IA, datos y automatización, en términos de inversión bruta, la inversión en IA y tecnología sigue concentrándose en las Grandes Potencias. En comparación con las inversiones antes mencionadas de $80 mil millones en centros de datos mexicanos y brasileños, las empresas tecnológicas con sede en EE. UU. invirtieron un estimado de $460 mil millones en infraestructura de IA dentro de su país solo en 2025, previéndose unos $600 mil millones adicionales en 2026.
Para los países más pequeños, una opción emergente para aprovechar sus recursos naturales y participar en la revolución tecnológica consiste en «vender cómputo» como un recurso natural. El proyecto Hive Digital Technologies en Yguazú, Paraguay, y un centro de datos soberano propuesto de $500 millones y 10 megavatios, aprovechan la energía de bajo costo de la represa de Itaipú para almacenamiento de datos y capacidad de cómputo que pueda respaldar necesidades externas, siendo ejemplos clave en la actualidad.
Incluso más que la generación anterior de exportaciones de materias primas (commodities), es probable que estas iniciativas generen relativamente poco empleo y puedan ofrecer rendimientos proporcionalmente mayores al capital extranjero que las empresas tradicionales de minería o petróleo, como se discutirá más adelante.
Más allá de la cuestión de la incorporación de la IA, los datos, la robótica y otra automatización a nivel estatal, una dinámica importante para las potencias medias es cómo el sector privado y las personas individuales en las potencias medias y de otro tipo están aprovechando los modelos y capacidades desarrollados dentro de los ecosistemas de las grandes potencias. Actualmente, el 40 por ciento del uso de ChatGPT se realiza en países de ingresos medios. La adopción en países de ingresos más bajos sigue limitada por el acceso reducido a computadoras, habilidades técnicas, infraestructura confiable y electricidad, así como por la corrupción y la inestabilidad.
Particularmente en las potencias medias, es probable que los avances en inteligencia artificial impacten de manera desigual a los diferentes actores e instituciones del país. Un estudio del Banco Mundial reveló que las empresas privadas en potencias medias generalmente han adoptado la inteligencia artificial más rápidamente que los gobiernos.
Para algunos Estados, la inteligencia artificial brindará la posibilidad de reforzar la salud de las instituciones democráticas y la confianza pública en ellas. Esto incluye herramientas que pueden permitir un mayor seguimiento de las irregularidades en las actividades gubernamentales, como ingresos no explicados y actividades irregulares de la policía, administradores, jueces y otros funcionarios, ayudando así a erradicar la corrupción. En una gama cada vez mayor de casos, los gobiernos pueden utilizar la IA para recomendar o tomar decisiones administrativas o judiciales, en lugar de confiar en actores humanos falibles o corruptibles. Hacerlo puede ayudar a restaurar la fe de la gente en la equidad del sistema. Los aumentos asociados en la eficiencia administrativa pueden impulsar la percepción de la utilidad de los gobiernos elegidos democráticamente.
Por otro lado, el uso de tales sistemas también puede introducir errores que socaven la fe en el sistema.
Si la inteligencia artificial fortalece la gobernanza democrática en algunos casos, en otros también puede facilitar el autoritarismo. Los gobiernos ya tienen acceso a enormes cantidades de datos procedentes de cámaras y otros sensores, comunicaciones digitales y registros financieros. La IA proporciona cada vez más a esos gobiernos la capacidad de identificar patrones de preocupación mediante el monitoreo y el cruce de esos datos de formas que no serian posibles solo con analistas humanos. Permite a los gobiernos identificar no solo posibles actividades delictivas, corrupción o terrorismo, sino también actividades, discursos y orientaciones sugeridas que puedan ser desfavorecidas por el régimen. De este modo, la IA puede permitir a los gobiernos seguir y potencialmente actuar contra individuos que muestren comportamientos indeseables aunque no ilegales, opiniones disidentes o incluso preferencias sexuales y actitudes sociales desfavorecidas. A través de empresas con sede en la RPC y otros pioneros de tales tecnologías, las potencias medias y otros países tendrán un acceso creciente a estas capacidades. De hecho, la reciente controversia sobre las «cámaras Flock» en los EE.UU. y su capacidad para monitorear a la población ilustra que la capacidad de los sistemas de vigilancia potenciados por IA para empoderar al Estado no se limita únicamente a la tecnología china ni a los gobiernos no democráticos.
Más allá de los impactos en la gobernanza democrática, el dominio probable de las empresas estadounidenses y chinas en las nuevas tecnologías basadas en IA, y las decisiones sobre su desarrollo, probablemente fomentarán inquietudes y quejas en otras partes del mundo con respecto a la falta de control sobre ellas. De hecho, tales preocupaciones quedaron patentes recientemente con las decisiones de EE.UU. de restringir el acceso a Claude Mythos 5 y Fable 5 de Anthropic, afectando a actores mucho más allá de los Estados Unidos.
Tales preocupaciones sobre la IA desempeñarán un papel cada vez más relevante en la competencia entre EE.UU. y la RPC y en la relación de ambos con el resto del mundo. Pekín ya está explotando las preocupaciones de los países en desarrollo sobre su exclusión en la toma de decisiones sobre IA para expandir la posición de sus propios modelos de IA y su gobernanza. La cumbre de la Organización de Cooperación Mundial en Inteligencia Artificial (WAICO, por sus siglas en inglés) celebrada en Shanghái en julio de 2026 simbolizó este esfuerzo, reuniendo a ejecutivos tecnológicos y funcionarios internacionales en torno a propuestas de cooperación y gobernanza que podrían favorecer indirectamente la adopción de modelos de pesos abiertos de la RPC y sus arquitecturas y tecnologías asociadas en países en desarrollo, a expensas de las alternativas occidentales.

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Transformación del entorno geopolítico

Aunque los efectos de la revolución de la IA y la automatización en las potencias medias a través de dinámicas internacionales e internas ya están emergiendo, a más largo plazo, la posición de las potencias medias se verá moldeada de manera aún más profunda por los cambios en el entorno geopolítico que los efectos reforzadores de esas tecnologías probablemente provocarán.
Crimen y Presiones Migratorias. En primer lugar, a mediano plazo, las potencias medias y otros Estados pueden verse afectados por un empoderamiento de las organizaciones criminales y terroristas aportado por las nuevas tecnologías.
Grupos armados ilegales en México, Colombia y otros lugares ya utilizan drones para vigilancia, contrabando y ataques letales. Las criptomonedas facilitan el lavado internacional de dinero y el movimiento de fondos, mientras que las nuevas herramientas digitales brindan a pequeños actores no estatales una mayor capacidad para el robo, la extorsión y las operaciones cibernéticas.
Los Estados medios y pequeños a menudo carecen de los recursos, la experiencia técnica, la flexibilidad institucional y la cooperación internacional necesarias para contrarrestar drones, rastrear criptomonedas o proteger la infraestructura pública y privada contra ciberataques.
Acompañando las presiones sobre los Estados medios debido al crimen y al terrorismo, la inteligencia artificial también fortalecerá las capacidades de potencias más grandes como Estados Unidos, la RPC y la Unión Europea para controlar sus fronteras y poblaciones, haciéndolas más efectivas para bloquear el flujo de inmigrantes indocumentados a través de sus fronteras y para localizar y expulsar a aquellos que viven en el país sin un estatus legal. Además, como se analizará más adelante, las innovaciones en el uso de robots y otra automatización en los países industriales para la agricultura de temporada, restaurantes, limpieza corporativa y trabajo de servicios personales —que tradicionalmente generaban demanda de mano de obra inmigrante en países de ingresos altos— pueden complementar los sentimientos antiinmigrante que ya están creciendo allí, para sostener económicamente restricciones aún mayores a la inmigración que las actuales.
Si bien la IA y otras tecnologías podrían teóricamente ampliar las capacidades de gestión de la población y control fronterizo también para las potencias medias, la asimetría entre estas y las grandes potencias significa que, en la práctica, serán de manera desproporcionada las potencias medias y pequeñas las obligadas a albergar a poblaciones desplazadas y recibir deportados. Estas presiones tensionarán los sistemas sociales y crearán oportunidades adicionales para organizaciones criminales como el Tren de Aragua, Los Pulpos y Los Gallegos.

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Desplazamiento Económico con Consecuencias Políticas. Más allá de las cargas adicionales derivadas del crimen impulsado por IA y los problemas migratorios, a mediano plazo, la inteligencia artificial probablemente generará un enorme desplazamiento económico con consecuencias sociales y políticas. La inteligencia artificial y las tecnologías complementarias como la robótica crearán nuevos empleos y aumentarán la productividad, pero a corto y mediano plazo probablemente eliminarán puestos más rápidamente de lo que los crean. El desplazamiento afectará al trabajo de cuello blanco en profesiones legales, atención médica, programación informática, administración de sistemas, soporte técnico y servicio al cliente, así como a algunas formas de trabajo manual. El Foro Económico Mundial estima que solo la IA podría desplazar 92 millones de empleos para 2030. Los nuevos puestos de trabajo no aparecerán necesariamente en los mismos lugares ni requerirán las mismas habilidades, lo que creará una fricción significativa a medida que los trabajadores se reubiquen y se capaciten de nuevo.
Más allá del desplazamiento del empleo, dado que la inteligencia artificial y sus tecnologías complementarias tienden a ser más intensivas en capital que en mano de obra, probablemente aumentarán los rendimientos para quienes invierten el capital, al tiempo que ejercerán una presión a la baja sobre los salarios en las categorías de trabajo que desplazan, particularmente los empleos manuales y de nivel técnico inferior.
El desempleo y la creciente desigualdad salarial en los países de ingresos medios y de otro tipo se verán complementados por actitudes negativas de algunos hacia las elites políticas que aprueban los acuerdos que otorgan acceso al país a empresas de gran intensidad tecnológica, desde centros de datos y fabricación mediante robótica hasta grandes proyectos en agricultura y minería. Al igual que con los movimientos contra el capital extranjero y las elites locales en eras anteriores, tales percepciones, sumadas a la corrupción real y al mal desempeño gubernamental, pueden alimentar una reacción populista contra las tecnologías percibidas como las villanas, junto con las elites locales alineadas con ellas.
Como se señaló en las secciones anteriores, los gobiernos preocupados por mantener el orden y atraer y proteger la inversión extranjera en el contexto de tales presiones, se verán tentados a recurrir a herramientas de control social basadas en IA, habilitadas por las mismas tecnologías e incluso ofrecidas por algunos de los mismos socios extranjeros.

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Crecimiento Acelerado de la Ventaja Estratégica de la RPC. Más allá de las presiones sobre sus propios gobiernos, a mediano plazo, la posición de las potencias medias puede verse impactada por las crecientes ventajas de la RPC en la posición comercial de sus tecnologías digitales y automatizadas, así como por las ventajas militares que se derivan para la RPC del dominio comercial sobre estas.
En el ámbito de la IA, los modelos de pesos abiertos de la RPC, como las familias DeepSeek, Qwen y Kimi, están diseñados para funcionar en chips menos potentes, cuestan menos y se pueden adaptar más fácilmente que muchos de los modelos occidentales actualmente superiores. Esas características pueden ayudarles a lograr una amplia aceptación en los mercados en desarrollo.
La RPC también está integrando deliberadamente la inteligencia artificial con la robótica y desplegando esos sistemas en fábricas, buscando el tipo de dominio del mercado global que logró en vehículos eléctricos y otras industrias. En robótica, los productos estadounidenses de empresas como Tesla y Boston Dynamics pueden tener productos y tecnologías superiores en áreas particulares, pero las firmas con sede en la RPC pueden terminar imponiéndose al producir a mayor escala, lo que permite mayores reducciones en el costo por unidad, logrando ganar una cuota de mercado aún mayor.
El análisis anterior no implica que la producción de robots habilitados por IA y otros sistemas automatizados no vaya a ocurrir en países de ingresos medios y más pequeños. Al igual que con los automóviles, las empresas con sede en la RPC pueden fabricar unidades en países socios, como ya lo están haciendo en Serbia, reteniendo el control legal del diseño y otra propiedad intelectual, y obteniendo la parte del león del rendimiento del capital sobre la inversión.
El dominio chino de la producción comercial global de robots y otros sistemas automáticos habilitados por IA también le otorgaría una ventaja militar dentro del concepto chino de fusión civil-militar. Una gran «base industrial de automatización» china capaz de producir decenas de millones de robots industriales avanzados daría a la RPC la capacidad de fabricar grandes cantidades de sistemas robóticos y no tripulados para la guerra, o incluso para proteger sus operaciones comerciales globales cada vez más expansivas. De hecho, la RPC ya está explorando la utilidad de los robots comerciales de empresas como Unitree en funciones de seguridad pública.
A medida que el poder de China crezca a través de estas dinámicas tecnológicas, comerciales y militares, puede actuar con mayor firmeza en regiones donde antes se mostraba deferente. Esto podría incluir amenazar cada vez más a países que actúen contra sus corporaciones en América Latina y el Caribe, como ha hecho recientemente en Panamá, o posiblemente verse inducida por su creciente poder relativo frente a Occidente a actuar con decisión para poner fin a la autonomía de Taiwán.

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Los Dilemas de las Potencias Medias en la Nueva Dinámica de Seguridad. Las potencias medias probablemente enfrentarán crecientes dilemas en este entorno geoestratégico transformado. Sus poblaciones relativamente grandesexperimentarán trastornos económicos que se expresarán como exigencias a los gobiernos, o incluso como disturbios. Aun así, esos gobiernos probablemente carecerán de las capacidades de las grandes potencias para explotar plenamente el potencial de las nuevas tecnologías por un lado, o para gestionar eficazmente las presiones sociales y políticas asociadas por el otro.
En este nuevo entorno, las elecciones estratégicas más trascendentales de las potencias medias se referirán probablemente a la alineación y, alternativamente, a la disrupción. Un gobierno puede evitar declarar formalmente su lealtad política a una u otra potencia, pero sus decisiones políticas de comprometerse con la arquitectura tecnológica de una gran potencia probablemente lo obligarán a renunciar al ecosistema tecnológico de la otra. La elección inherente impactará en cuál de las grandes potencias tiene más influencia, con implicaciones para las asociaciones económicas y la alineación política de manera más amplia.
Dado que los entornos tecnológicos de EE.UU. frente a la RPC probablemente se construirán sobre marcos muy diferentes en cuanto a la protección del individuo y sus datos frente al empoderamiento del Estado, las elecciones de las potencias medias entre los sistemas de las grandes potencias afectarán inherentemente al papel del Estado en su sociedad y economía.
Como se señaló anteriormente, algunas potencias medias pueden intentar evitar tales «elecciones» siguiendo un camino de «no alineación», intentando construir capacidades autóctonas limitadas para la autonomía. Ante las limitadas opciones de competitividad económica que ofrece tal camino, algunos Estados pueden optar por un papel «disruptivo», buscando apalancamiento internacional a través de la coerción, como lo ha hecho Irán a través de su programa de drones y misiles.

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Perspectiva a largo plazo para las potencias medias

A largo plazo, como se discutió en secciones anteriores, las potencias medias probablemente tendrán menos influencia estratégica y autonomía que las que tienen hoy. Como se observó antes, por lo general carecerán de un control total sobre los modelos de IA, la robótica y otros sistemas autónomos que utilicen. Su principal poder de negociación provendrá de negociar la entrada en ecosistemas competidores y cada vez más incompatibles liderados por la RPC y Occidente, o de elegir un papel disruptivo.
Una pregunta interesante es el papel que las potencias medias podrían desempeñar para navegar o sobrevivir a grandes crisis en el nuevo orden. La inteligencia artificial y la inestabilidad de la transición global podrían producir desastres con consecuencias mundiales, incluso existenciales. Estos podrían incluir pandemias generadas por IA, ciberataques que inhabiliten la economía global y las infraestructuras vitales, o la escalada accidental o deliberada de un conflicto nuclear. En medio de tales crisis, las potencias medias pueden poseer recursos, escala e independencia suficientes para mediar entre las grandes potencias, alterando así el curso de los acontecimientos. Alternativamente, pueden estar en la mejor posición para emerger como supervivientes tras un Armagedón de este tipo.
Más allá de tales cataclismos, la naturaleza transformada del nuevo orden técnico y económico puede crear papeles estratégicos únicos para los Estados pequeños y medianos.
A largo plazo, una cuestión clave para la incorporación de las potencias medias y pequeñas en el nuevo sistema será su poder de negociación, en la dinámica emergente ya discutida como sitios para extraer «cómputo» como recurso, o para albergar fábricas, minas o proyectos agrícolas habilitados por IA, robótica y otros sistemas automatizados.
A diferencia del desarrollo industrial anterior, que requiere una buena infraestructura de transporte y una mano de obra cualificada considerable, la generación de «cómputo» depende principalmente de la electricidad abundante, la conexión de electricidad y datos a la instalación de cómputo y la importación de cantidades significativas de equipos de alto valor. Una instalación de datos puede ser construida por el Estado o directamente por inversores extranjeros y ser operada por relativamente pocos técnicos. Aunque la IA puede producir ingresos sustanciales por cómputo a la empresa que la opera, y pagos de regalías al gobierno que la permite, tales enclaves tecnológicos pueden no generar empleo local significativo, beneficios para la cadena de suministro ni un desarrollo económico más amplio.
Dentro de las dinámicas de vender cómputo como un tipo de nuevo colonialismo de recursos, la competencia por la inversión en centros de datos y otras inversiones relacionadas con las nuevas tecnologías podría producir una carrera hacia el fondo entre potencias pequeñas y medias. Al igual que hoy, los gobiernos pueden ofrecer electricidad barata, garantías políticas, impuestos favorables y un trato legal permisivo para atraer proyectos de miles de millones de dólares.
Al negociar inversiones intensivas en tecnología como el cómputo o fábricas que funcionen con robótica y automatización habilitadas por IA, el equilibrio de poder favorecerá fuertemente a los inversores extranjeros sobre los países. En contraste con la inversión en minas y fábricas, que son difíciles de trasladar una vez construidas y cuyo valor se puede aprovechar tras ser expropiadas, gran parte del valor de un centro de datos reside en equipos que pueden reubicarse, quedan obsoletos rápidamente y son difíciles de operar para un gobierno expropiador. Los equipos sensibles también podrían ser desactivados o destruidos por una empresa tecnológica para proteger la propiedad intelectual antes de que un gobierno u otros puedan expropiarlos y explotarlos eficazmente.
Aún más que hoy, la negociación para conseguir inversiones tecnológicas extranjeras masivas puede generar un grave riesgo de «captura de elites». El acceso al país por parte de empresas tecnológicas es un permiso extremadamente valioso, basado en decisiones de un pequeño número de tomadores de decisiones locales, pero que tiene un impacto limitado en la economía en general. En países con instituciones débiles y una tradición de corrupción, el incentivo será grande para que las empresas extranjeras aseguren y protejan el acceso mediante sobornos y otros beneficios particularistas para las elites. Estos países serán especialmente vulnerables a las empresas tecnológicas de potencias extranjeras como la RPC, que tienen un historial débil de fiscalización gubernamental del mal comportamiento de sus empresas en el extranjero. A su vez, esas empresas extranjeras y las elites que capturan pueden encontrar más rentable invertir en mantener el control que en la comunidad en general, a fin de sostener el apoyo social para su proyecto.
Aunque la venta de «cómputo» puede presentar opciones lucrativas para potencias medias y menores, estas también pueden utilizar sus recursos físicos y su geografía para generar valor a partir de la nueva tecnología de maneras más tradicionales.
Como se mencionó anteriormente, a largo plazo, la automatización basada en IA puede tener su mayor efecto en las potencias medias no solo a través de centros de datos y fábricas llenas de robots, sino también en la agricultura y las industrias extractivas. Aquí, máquinas avanzadas realizarán tareas de siembra, fumigación, riego, mantenimiento, cosecha, logística, minería y transporte. Estas aplicaciones podrían aumentar la producción al tiempo que desplazan a los trabajadores de sectores que tradicionalmente han sustentado a poblaciones marginales. También podría aumentar las presiones económicas sobre las potencias medias al disminuir la demanda en las naciones desarrolladas de trabajadores agrícolas de temporada.
Para atraer tecnologías, o debido a la captura de elites, algunos Estados podrían adaptar sus sistemas políticos y legales para convertirse en enclaves para empresas tecnológicas o incluso ser transformados en su totalidad en experimentos tecnológicos. La discusión actual en Argentina sobre tratar a las empresas gestionadas por IA como personas jurídicaspresagia lo que podría ser posible.
Más allá del cambiante papel de los Estados en el sistema global a través de las nuevas tecnologías, en las potencias medias y pequeñas surge otro grupo importante de preguntas centrado en cómo incorporan estas tecnologías dentro de sus propias sociedades.
En los países de ingresos medios y bajos en particular, los hogares acomodados pueden utilizar robots para el servicio personal y la seguridad, amplificando las divisiones de clase existentes. Aun así, los salarios relativamente bajos en esos países seguirán haciendo viable el trabajo doméstico humano allí en muchos entornos.
En algunos países medios y pequeños, las preferencias sociales pueden complementar tales efectos, frenando la adopción de la robótica para el servicio personal. Como ocurre actualmente con la preferencia por sirvientes domésticos humanos frente a aparatos mecánicos como los lavavajillas en muchas sociedades más tradicionales, el papel de los humanos para algunas tareas puede preservarse, incluso donde las máquinas sean menos costosas, debido a una preferencia en la población por la interacción humana.

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Conclusiones

La transformación de los sistemas económicos, militares y políticos globales a través de los avances en inteligencia artificial, robótica y su interacción analizada en este trabajo solo está comenzando. Las dinámicas planteadas hipotéticamente aquí pretenden estimular la reflexión sobre lo que puede ocurrir y cómo los gobiernos pueden gestionar los desafíos resultantes.
Cualquiera que sea la veracidad de los desarrollos específicos anticipados en este trabajo, su argumento central es que las tecnologías emergentes afectarán a las potencias medias y menores de manera diferente en algunas áreas de como afectarán a las grandes potencias. Esas dinámicas diferenciales, a su vez, impactarán en cómo las potencias medias y los Estados más pequeños se relacionan con los EE. UU. y la RPC, y cómo estos últimos interactúan entre sí.
El futuro nunca está predeterminado. No obstante, es vital que los líderes políticos de las potencias medias y menores piensen detenidamente sobre cómo las tecnologías emergentes afectarán a sus países, posicionando a sus sociedades para aprovechar las oportunidades y gestionar los riesgos, asegurando que no sean meros receptores pasivos de un mundo transformado, sino participantes constructivos en moldearlo para el beneficio de su propia gente y de la comunidad internacional en general.
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R. Evan Ellis es Senior Non-Resident Fellow en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). Las opiniones expresadas aquí son estrictamente suyas. Es integrante de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). 

 


 

Column on Geopolitics and Geostrategy, September 27, 2026

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China and the United States: The AI and Robotics Revolution and Its Impact on the Rest of the World

By R. Evan Ellis

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Anthropic CEO Dario Amodei’s September 2026 statement that the pace of artificial intelligence development should be slowed to maximize its benefits and minimize its risks highlighted the rapidly developing technology’s impact on the world. In my own prior writing, I have examined its potentially revolutionary effects on global economic structures and dynamics, military affairs, political systems, and the balance of power among the United States, the People’s Republic of China (PRC), and other actors.
To date, much of the current discourse on the technological revolution unfolding before us, focuses on the two principal state drivers of the enabling technologies: the United Stated and the PRC, and the competition between them.  This orientation was particularly highlighted was further showcased by the inclusion of Artificial Intelligence as a key theme in the September 2026 summit between U.S. President Donald Trump and his Chinese counterpart Xi Jinping.
Beyond Washington and Beijing, however, the potential impact of artificial intelligence on the rest of the world is less understood but equally significant.  It will likely follow related, but distinct dynamics from those affecting the U.S. and the PRC.
At the end of September 2026, I had the opportunity to present my perspective on the subject at an event hosted by the Konrad Adenauer Foundation, the Institute for Strategic Dialogue and Research and Mexico’s Anahuac University.  There, I engaged with fellow scholars in Mexico on the impact of artificial intelligence on “middle powers” and their role in the evolving international system. The present work presents my analysis on the subject, incorporating my remarks at the event, and insights from the associated interaction with colleagues.

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Framing Concepts

Artificial intelligence is widely recognized as driving a multidimensional global transformation, with enormous, albeit uneven, and difficult to predict implications for global economic, military and strategic dynamics.  Its full impact will come, however, through the incorporation of AI into robotics and other automation, in interaction with big data, ever expanding global connectivity, quantum computing, and other core technologies. These advances could produce enormous gains in productivity across a range of current and new industries, but they will almost inevitably also create existential risks.  These include harms stemming from how the new technologies vastly expand the damage that humans can accidently or deliberately do to one another, including enabling genetically engineered novel pandemic-capable pathonagens and devastating cyberattacks, to triggering nuclear war, as well as the widely discussed “AI turns on their creators” scenarios.
Even as the adoption of and interaction between AI and other technologies produces enormous potential benefits, there is also a high probability that it will prove disruptive to global economic, military and security, and political dynamics.  Along the way, it could increase inequality, criminality and unrest, weaken democracies relative to authoritarian systems, and shift the economic, military, and strategic balance of power toward China, as I have argued elsewhere.
The changes unleashed by these technologies may resemble the transformation produced by the Industrial Revolution and the rise of popular nationalism, yet they are likely to be faster, more disruptive, and potentially more deadly.
As part of this global transformation, middle powers ranging from Brazil and Mexico to Iran, Turkey, Germany, India, and others may face severe political and economic challenges, along with reduced autonomy and a shifting role in a transformed international system.
The pessimistic outlook for middle powers in this work reflects the likelihood that they will find it difficult to develop their own economically competitive frontier AI models and complimentary robotics and leading edge autonomous systems.  They thus will be largely forced to choose between adopting the technology of dominant US and PRC-based firms, or have their economies and bases of national power become increasingly non-competitive with that of others who do.
As with prior technology and industrial revolutions, in the name of nationalism or autonomy, some political leaders will likely chose that latter self-destructive path of autonomy or anti-system behavior, just as some leftist governments in Latin America and elsewhere in the 20th century sought to pursue import substitution industrialization and other autonomous development strategies, ultimately at great cost to their relative economic position and national power.
The technology ecosystems between which middle powers will have to choose, will likely crystallize around those of the United States and the PRC.  As with other elements of US-PRC strategic competition, in the interest of security and intellectual property protection, both governments will likely insist that with access to its most sensitive technologies, forgo integration with the ecosystem of their competitor.
Still, relevant if less capable alternatives may emerge around technologies developed by the European Union, Japan and South Korea, India, or some combination of these.
Despite such nuances and possibilities, the most likely course is that, in the coming technology revolution, middle powers and others are likely to have less space for autonomous development than they did during the era of the “non-aligned movement” during the Cold War. Indeed, such dilemmas may raise theoretical questions about what it means to be a “middle power” in the new environment.

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Short Term Impacts on the Situation of Middle Powers

In the near term, AI-driven technological change will have significant economic effects on middle powers and other states, yet will likely have only a limited effect on their strategic position. For them, participation in the new technology economy will probably be dominated by initiatives by individuals and leading companies, rather than widespread and effective adoption of transformative technologies that could produce a systematic transformation of state capacity or the national economic base.
This is not to deny that significant cloud computing, artificial intelligence, and related projects are going forward among middle powers.  In Latin America, Mexico and Brazil stand out as incipient hosts of cloud computing and some AI applications.
In Mexico, projects include more than $82 billion in current or planned cloud computing facilities, centered around an emerging cloud and AI cluster in Queretaro, although it is not yet clear that there will be adequate energy supply for all of the projects to go forward.  South Korean, Taiwanese and Japanese companies have also committed to $7.7 billion in semiconductor manufacturing facilities in Guadalajara and Ciudad Juarez, mostly for chips destined for U.S. datacenters.
In Brazil, investors have committed to over $80 billion in data center projects, mostly in Ceará state, with about half of the promised funding coming from PRC-based ByteDance.  Investors have also announced over $1.6 billion in semiconductor manufacturing facilities, mostly in Sao Paulo, Rio Grande do Sul and Amazonas states.  Over $1 billion of that investment, the vast majority, is promised by the PRC-based firm Ziliatech.
Although the scale of such current investment sounds promising, from the perspective of the position of middle powers in the AI sector, the pattern to date seems to resemble neocolonial manufacturing relationships of prior eras, in which foreign capital financed the introduction of technologies and manufacturing facilities, whose operation and technology were largely controlled by those foreign interests, in partnership with local elites. Similarly, Mexico, Brazil, and other middle powers are courting Chinese, U.S., and other foreign investment of automation into factories, agricultural operations, or in the extraction strategic minerals, with little evidence of their own initiatives in this regard.  This trajectory will make it likely that the foreign investors retain substantial control and capture much of the value added in these emerging arenas.
In addition to limitations in how middle powers are participating in the emerging new AI-data-automation economy, in terms of raw investment, AI and technology investment remains concentrated in the Great Powers.  By comparison to the previously noted $80 billon investments in Mexican and Brazilian data centers, U.S.-based technology companies invested an estimated an estimated $460 billion in AI infrastructure in the country in 2025 alone, with an additional $600 billion anticipated in 2026.
For smaller countries, an emerging new option to harnessing natural resources to participate in the technology revolution is to “sell compute” like a natural resource.  The Hive Digital Technologies project in Yguazú, Paraguay, and a proposed $500 million 10-megawatt sovereign data center, both leveraging leverage low-cost energy from the Itaipu dam for data storage and compute capabilities that can support external needs, are key current examples.
Even more than the previous generation of sales of commodity exports, such initiatives are likely to generate relatively little employment and may yield proportionally greater returns to foreign capital than traditional mining or oil ventures, as will be discussed later.
Beyond the question of the incorporation of AI, data, robotics and other automation at the state level, an important dynamic for middle powers is how the private sector and individual persons in middle and other powers are leveraging models and capabilities developed within the ecosystems of the great powers. Already, 40 percent of ChatGPT use occurs in middle-income countries. Adoption in lower-income countries remains constrained by limited access to computers, technical skills, reliable infrastructure and electricity, as well as corruption and instability.
Particularly in middle powers, advances in artificial intelligence are likely to impact different actors and institutions in the country unequally.  A World Bank study found that private companies in middle powers have generally adopted artificial intelligence more quickly than governments.
For some states, artificial intelligence will afford the possibility to bolster the health of democratic institutions and public confidence in them.  This includes tools which may enable greater monitoring of improprieties in government activities, including unexplained income and irregular activities of police, administrators, judges and other officials, thus helping to root out corruption.  In an increasing range of cases, governments may use AI to recommend or make administrative or judicial decisions, rather than relying on fallible or corruptible human actors.  Doing so may help restore the faith of people in the fairness of the system.  Associated increases in administrate efficiency may boost perceptions of the utility of democratically elected governments.
On the other hand, use of such systems may also introduce errors which undermine faith in the system.
If artificial intelligence strengthen democratic governance in some cases, in others it may also facilitate authoritarianism.  Governments already have access to vast amounts of data from cameras and other sensors, digital communications and financial records.  AI increasingly provides those governments with the ability to identify patterns of concern from monitoring and cross-referencing that data in ways not possible with human analysts alone.  It allows governments to identify not only potential criminal activities, corruption, or terrorism, but also activities, speech and suggested orientations that may be disfavored by the regime.  AI may thus allow governments to follow and potentially act against individuals exhibiting undesirable although not illegal behaviors, dissenting opinions, or even disfavored sexual preferences and social attitudes.  Through PRC-based companies and other pioneers of such technologies, middle powers and others will increasingly have access to such capabilities.  Indeed, the recent controversy over “flock cameras” in the U.S. and their ability to monitor populations, however, illustrates that the ability of AI-empowered surveillance systems to empower state are not limited solely to Chinese technology or non-democratic governments.
Beyond impacts on democratic governance, the likely dominance of US and Chinese companies in new AI-enabled technologies, and decisions regarding their development will likely foment concerns and complaints in other parts of the world concerning a lack of control over them.  Indeed, such concerns were recently surfaced by decisions by the U.S. to restrict access to Anthropic’s Claude Mythos 5 and Fable 5, impacting actors far beyond the United States.
Such concerns over AI will increasingly play a role in the competition between the US and the PRC and the relationship of both with other parts of the world. Beijing is already exploiting developing-country concerns about exclusion from AI decision-making to expand the position of its own AI models and AI governance.  The July 2026 World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO) summit in Shanghai symbolized this effort, convening international technology executives and officials around cooperation and governance proposals that could indirectly favor the adoption of PRC open weight models and associated architectures and technologies in developing countries, at the expense of Western alternatives.

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Transformation of the Geopolitical Environment

Although effects of the AI and automation revolution on middle powers through international and internal dynamics are already emerging, over the longer term, the position of middle powers will be shaped even more profoundly by changes in the geopolitical environment that the reinforcing effects of those technologies are likely to bring about.
Crime and Migrant Stresses.  First, in the medium term, middle powers and other states may be affected by an empowerment of criminal and terrorist organizations brought by the new technologies.
Illegal armed groups in Mexico, Colombia, and elsewhere already use drones for surveillance, smuggling, and lethal attacks. Cryptocurrencies facilitate international money laundering and movement of funds, while new digital tools give small and nonstate actors greater capacity for theft, extortion, and cyber operations.
Middle and smaller states often lack the resources, technical expertise, institutional flexibility, and international cooperation required to counter drones, trace cryptocurrencies, or protect public and private infrastructure from cyberattacks.
Compounding the stresses on medium states due to crime and terrorism, Artificial intelligence will also strengthen the capabilities of larger powers such as the United States, the PRC, and the European Union to control their border and populations, making them more effective in blocking the flow of undocumented immigrants across their borders and locating and expelling those living in the country without legal status.  Moreover, as discussed later, innovations in the use of robots and other automation in industrial countries for seasonal agriculture, restaurants, corporate cleaning and personal service work traditionally generating demand for immigrant labor in high-income countries, may compliment anti-immigrant sentiments already growing there, to economically sustain even greater restrictions on immigration than is currently the case.
While AI and other technology may theoretically expand the population management and border control capabilities of middle powers as well, the asymmetry between middle powers and major ones means that, in practice, it will likely be middle and smaller powers that will disproportionately be obligated to host displaced populations and receive deportees. These pressures will strain social systems and create additional opportunities for criminal organizations such as Tren de Aragua, Los Pulpos, and Los Gallegos.

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Economic Displacement with Political Consequences.  Beyond additional burdens from AI-empowered crime and migrant issues, over the medium term, artificial intelligence will likely generate enormous economic displacement with social and political consequences.  Artificial intelligence and complimentary technologies such as robotics will create new jobs and increase productivity, but in the short and medium term it will likely eliminate positions more quickly than it creates them. Displacement will affect white-collar work in legal professions, health care, computer programming, systems administration, technical support, and customer service, as well as some forms of manual labor. The World Economic Forum estimates that AI alone could displace 92 million jobs by 2030. New jobs will not necessarily appear in the same places or require the same skills, creating significant friction as workers relocate and retrain.
Beyond job displacement, since artificial intelligence and complimentary technologies tend to be more capital than labor intensive, they will probably increase returns to those investing the capital, while putting downward pressure on wages in the categories of work they displace, particularly manual and lower-level technical jobs.
Unemployment and expanding wage inequality in middle income and other countries will likely be complimented by negative attitudes by some toward the political elites who are approving the deals that give technology intensive companies access to the country, from data centers and robotics-enabled manufacturing to large-scale projects in agriculture and mining.  As with movements against foreign capital and local elites in prior eras, such perceptions, on top of real corruption and poor government performance, may fuel populist backlash against technologies perceived as the villains, along with the local elites aligned with them.
As noted in the previous sections, governments worried about maintaining order and attracting and protecting foreign investment in the context of such pressures, will be tempted to turn to AI-enabled social control tools, enabled by the same technologies, and perhaps even offered by some of the same foreign partners.

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Accelerated Growth of PRC Strategic Advantage.  Beyond pressures on their own governments, in the medium term, the position of middle powers may be impacted by the growing advantages of the PRC in the commercial position of its digital and automated technologies, as well as military advantages accruing to the PRC of commercial dominance in them.
In the realm of AI, PRC open-weight models such as the DeepSeek, Qwen and Kimi families, are designed to operate on less capable chips, cost less, and can be adapted more easily than many currently superior Western models. Those characteristics may help them win broad acceptance in developing markets.
The PRC is also deliberately integrating artificial intelligence with robotics and deploying those systems in factories, seeking the kind of global market dominance it achieved in electric vehicles and other industries. In robotics, U.S. products from companies such as Tesla and Boston Dynamics may have superior products and technologies in particular areas, yet PRC-based firms may ultimately prevail by producing at greater scale, allowing greater reductions in per unit cost, allowing them to gain even greater market share.
The proceeding analysis does not imply that the production of AI-enabled robots and other automated systems will not occur in middle-income and smaller countries.  As with autos, PRC-based firms companies may manufacture units in partner countries, as it is already doing in Serbia, while retaining legal control of the design and other intellectual property, and realizing the lion’s share of return on capital on the investment.
PRC dominance of global commercial production of robots and other AI-enabled automatic systems would also give it a military advantage, within the PRC concept of civil-military fusion.  A large PRC “automation industrial base” capable of producing tens of millions of advanced industrial robots, would give the PRC the capability to produce large numbers of robotic and unmanned systems for war, or even protecting its increasingly expansive global commercial operations.  Indeed, the PRC is already exploring the utility of commercial robots from firms such as Unitree in public security roles.
As China’s power grows through these technology, commercial and military dynamics, it may act more assertively in regions where it has previously been deferential.  This could include increasingly threatening countries that act against its corporations in Latin America and the Caribbean, such as it has recently done in Panama, or possibly being induced by its growing relative power over the west, to act decisively to end the autonomy of Taiwan.

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The Dilemmas of Middle Powers in the New Security Dynamic.Middle powers will likely face growing dilemmas in this transformed geostrategic environment. Their relatively large populations will experience economic dislocation that expresses itself as demands on governments, or even unrest.  Still, those governments will likely lack the capabilities of the great powers to fully exploit the potential of the new technologies on one hand, or to effectively manage the associated social and political pressures on the other.
In this new environment, the most consequential strategic choices of middle powers will likely concern alignment, and alternatively, disruption. A government may avoid formally declaring its political fealty to one power or another, yet its policy decisions to engage with the technological architecture of one great power, will probably oblige it to forgo the other’s technology ecosystem.  The inherent choice will impact which of the great powers has more influence, with implications of economic partnerships and political alignment more broadly.
Given that US versus PRC technology environments will likely be built on very different frameworks regarding protection of the individual and their data, versus the empowerment of the state, choices by middle powers between the systems of the great powers will inherently affect the role of the state in their society and the economy.
As noted previously, some middle powers may seek to avoid such “choices” by pursuing a “non-aligned” path, attempting to build limited indigenous capabilities for autonomy.  Faced with the limited options for economic competitiveness such a path affords, some states may chose a “disruptive” role, seeking international leverage through coercion, as Iran has done through its drone and missile program.

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Long-Range Outlook for Middle Powers

Over the long term, as discussed in previous sections, middle powers will probably have less strategic influence and autonomy than they do today. As noted previously, they will generally lack full control over the AI models, robotics, and other autonomous systems they use. Their main leverage will come from negotiating entry into competing and increasingly incompatible ecosystems led by the PRC and the West, or from choosing a disruptive role.
One interesting question is the role middle powers could have in navigating or surviving major crises in the new order. Artificial intelligence and the instability of global transition could produce disasters with worldwide, even existential, consequences. These might include AI-engineered pandemics, cyberattacks that disable the global economy and life-sustaining infrastructures, or the accidental or deliberate escalation of nuclear conflict. Amidst such crises, middle powers may possess sufficient resources, scale, and independence to mediate between great powers, thus altering the course of events.  Alternatively, they may be best positioned to emerge as survivors following such an Armageddon.
Short of such cataclysms, the transformed nature of the new technical and economic order may create unique new strategic roles for small and medium states.
Over the long term, a key question for the incorporation of middle and smaller powers into the new system will be their bargaining power, in the previously discussed emerging dynamic as sites for extracting “compute” as a resource, or in hosting factories, mines, or agricultural projects enabled by AI, robotics and other automated systems.
Unlike earlier industrial development, which requires good transport infrastructure and a sizable skilled workforce, the generation of “compute” depends primarily on abundant electricity, the connection of electricity and data to the compute facility, and the importation of significant quantities of high-value equipment. A data facility can be built by the state or directly by foreign investors and operated by relatively few technicians. Although AI may produce substantial compute revenue to the firm operating it, and royalty payments to the government permitting it, such technology enclaves may not generate significant local employment, supply-chain benefits, or broader economic development.
Within the dynamics of selling compute as a type of new resource colonialism, the competition for data-center and other investment related to the new technologies could produce a race to the bottom among small and middle powers. As with today, governments may offer inexpensive electricity, political guarantees, favorable taxes, and permissive legal treatment to attract multibillion-dollar projects.
In negotiating technology intensive investments like compute or factories running on AI-enabled robotics and automation, the balance of power will likely strongly favor the foreign investors over the countries. By contrast to investment in mines and factories, which are difficult to remove once built, and possible to realize its value after expropriating, much of a data center’s value lies in equipment that can be relocated, becomes obsolete quickly, and is difficult for an expropriating government to operate. Sensitive equipment could also be disabled or destroyed by a technology company to protect intellectual property before a government or others could effectively expropriate and exploit it.
Even more than today, the negotiation for massive foreign technology investment may generate serious risk of “elite capture.”  Access to the country by technology firms is an extremely valuable permission, based on decisions by a small number of local decisionmakers, yet having only limited impact on the broader economy.  In countries with weak institutions and a tradition of corruption, the incentive will be great for foreign firms to secure and protect access through bribery and other particularistic benefits for elites.  These countries will be especially vulnerable to the technology firms of foreign powers such as the PRC which have a weak record of government enforcement of bad behavior by its firms abroad. Those foreign firms and the elites they capture, in turn, may find it more cost effective to invest in maintaining control, rather than investing in the broader community, in order to sustain social support for their project.
Although the sale of “compute” may present lucrative options for middle and lesser powers, they may also use their physical resources and geography to generate value from the new technology in more traditional ways ways.
As mentioned previously, over the long term, AI-enabled automation may have its greatest effect in middle powers through not only data centers and robot-filled factories, but also agriculture and extractive industries. Here, advanced machines will perform planting, spraying, irrigation, maintenance, harvesting, logistics, mining, and transport. These applications could increase output while displacing workers from sectors that have traditionally sustained marginalized populations.  It could also increase economic pressures on middle powers by decreasing demand in developed nations for seasonal agricultural workers.
In order to attract technologies, or due to elite capture, some states could adapt their political and legal systems to become enclaves for technology companies or even be transformed in their entirety into technology experiments.  Current discussion in Argentina about treating AI-run companies as legal persons, foreshadows what could be possible.
Beyond the changing role of states in the global system through new technologies, middle and smaller powers, another important group of questions centers on how middle powers and smaller states incorporate technologies within their own societies.
In middle and lower income countries in particular, wealthy households may use robots for personal service and security, amplifying existing class divisions.  Still, relatively low wages in those countries will continue to make human domestic labor viable there, in many settings.
In some middle and smaller countries, social preferences may compliment such effects, slowing the adoption of robotics for personal service.  As currently happens with the preference of human domestic servants over mechanical appliances such as dishwashers in many more traditional societies, the role of humans for some tasks may be preserved, even where machines are less expensive, owing to a preference in the population for human interaction.

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Conclusions

The transformation of global economic, military, and political systems through advances in artificial intelligence, robotics, and their interaction analyzed by this work is only beginning. The dynamics hypothesized here are intended to stimulate thinking about what may occur and how governments can manage the resulting challenges.
Whatever the veracity of the specific developments anticipated in this work, its central argument is that emerging technologies will affect middle and lesser powers differently in in some areas, than they will affect the great powers. Those differential dynamics, in turn, will impact how middle powers and smaller states relate to the US and the PRC, and how the latter interact with each other.
The future is never predetermined.  Nonetheless, it is vital for political leaders in middle and lesser powers must think carefully about how emerging technologies will affect their countries, positioning their societies to seize opportunities and manage risks, ensuring that they are not merely passive recipients of a transformed world, but instead, constructive participants in shaping it for the benefit of their own people and the broader international community.
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R. Evan Ellis is a Senior Non-Resident Fellow at the Center for Strategic and International Studies (CSIS). The views expressed here are strictly his own. He is a member of the China and Latin America Network: Multidisciplinary Approaches (REDCAEM).