Columna sobre Geopolítica y Geoestrategia, 26 de Enero de 2026

¿Y si la Antártica se vuelve clave para Washington, Pekín o Moscú?

Por Ivan Witker
Las aspiraciones estadounidenses respecto a Groenlandia reflejan, al igual que varios otros episodios clave de los últimos años, que “Donroe” (acrónimo de Donald Trump y Doctrina Monroe) no es un regreso al pasado, sino una faceta más del complejo nuevo ciclo que comienza, donde lo esencial es el cambio de reglas. Es una movida hábil que debe ser comprendida en el contexto del ajedrez que ya han comenzado a jugar EE.UU., Rusia y China continental.
La maniobra merece atención pronta y aguda. Bien podría tener un efecto letal sobre la Antártica, especialmente si se la mira con la perspectiva de los países históricamente interesados en hacer valer sus derechos, entre ellos, Chile.
Lo que ocurre con Groenlandia es un tema complejo. Por cierto, debe ser visto con neutralidad y cautela. Conviene seguirlo de cerca, adentrarse en sus lógicas, estudiar sus dinámicas, analizar los escenarios posibles, establecer diferenciaciones y limitantes. Y es complejo, además, porque, como en todo momento de grandes cambios y ajustes, abundan las opiniones que alimentan la desorientación. Por ejemplo, no son pocos los que prefieren mirar para otro lado, indicando que Groenlandia está a miles de kilómetros de distancia y que la disputa entre EE.UU. y algunos de sus socios de la OTAN es una “pelea de perros grandes”. También hay sesudos intelectuales que, desde hace algún tiempo, vienen promoviendo una ficción conceptual para las relaciones exteriores del país, denominada “no alineamiento activo”. Creen posible jugar en los intersticios. Y, finalmente, están quienes —sin saberlo— adhieren a una pasividad extraída del Libro Rojo de Mao, quien sugería: “(…) siempre es bueno mirar la pelea de dos tigres desde lo alto de la montaña”.
Imaginar escenarios nuevos o dinámicas con obstáculos tremendos, advierte Taleb, se debe a sedentarismo mental o a cuestiones atávicas. En este caso, por alguna de ambas razones, conviene adentrarse en los vericuetos de los nuevos alineamientos. La historia de las relaciones internacionales enseña que estos ocurren por pasividad o actividad, por efecto de inercia o de negociación.
Todo esto sugiere lo oportuno que sería adecuar la histórica presencia chilena en la Antártica mirando lo que ocurre en Groenlandia, con un ojo en el Polo Norte, aunque sea de forma estrábica. ¿Qué significa esto? Muy simple: la Antártica se integrará, tarde o temprano, a la nueva configuración del mundo basada en zonas de influencia. En esta reconfiguración, pocas áreas permanecerán neutras o en el limbo. Una actitud pasiva, o una contraproducente, puede traducirse en pérdidas irreparables.
Luego, conviene entender que lo de Groenlandia es un incidente de carácter geoestratégico. No es simplemente un “brillante deseo”, como se ha escrito. Ser o no un activo geoestratégico lo determina la política; no se trata de algo abstracto. En este caso, se está desplegando en un ambiente donde reinan actitudes y conductas poco convergentes con el derecho internacional. Cualquier cosa que sea válida en el Polo Norte bien podría adquirir preeminencia repentina en el Polo Sur.
Otro aspecto se desprende del hecho de que la Antártica es regida por el Tratado Antártico (TA). Eso no es abstracto, ni menos el hecho de que aquel documento —más los otros anexos que integran el Sistema Antártico— forman parte del “éxtasis idealista” del derecho internacional, en palabras de Robert Kaplan. Ergo, si bien todos los aspectos antárticos importantes —trayectoria histórica, acuerdos multilaterales, autorizaciones turísticas y científicas, visitas de estadistas, resultados de misiones exploratorias y ubicación en el imaginario de las naciones, especialmente las adyacentes— son relativamente distintos a los del Ártico, la existencia de aquel documento no significa que el destino del continente esté a resguardo. Sería un error sobreestimar las capacidades del TA.
El orden que emerge muestra algo que Groenlandia profundiza: la protección ya no está garantizada y las alianzas son cambiantes (quien no lo crea puede remitirse a Siria o a Venezuela). Por lo tanto, pese a que el TA es reconocido por 58 países, varios de ellos no ocultan sus reclamos de soberanía, esgrimiendo argumentos completamente diferentes, pero plausibles. Las visiones “idealistas” insisten en que el TA ha mantenido su vigencia gracias a la voluntad de los concurrentes, lo cual es cierto solo parcialmente. En el trasfondo, la contención se ha debido a lo inhóspito de su territorio. Esa característica es la que ha impedido que los reclamos tomen fuerza y se materialicen. Es por esa razón —y no otra— que el documento pareciera robusto.
En tal sentido, basta especular con la siguiente pregunta: ¿cuántas personas al interior de todas las élites nacionales de los países que componen la OTAN habrán estimado posible, hace solo un año, que EE.UU. tendría interés en adquirir Groenlandia y de manera tan vigorosa?.
Por lo tanto, suena bastante razonable pensar que, por motivos totalmente ajenos a la voluntad de Chile como país vecino al continente blanco, la Antártica se transforme de improviso en un activo geoestratégico para alguna de las tres superpotencias. El día menos pensado, los chilenos podríamos amanecer con una Groenlandia en nuestras proximidades, directamente en el antejardín de nuestra casa.
Es por eso que la Antártica merece transformarse en un nudo focal de la política exterior de Chile, no durante las próximas décadas, como solía escribirse en sesudos papers, sino a partir de ahora mismo. Aún más: si bien es cierto que la Antártica no tiene (aún) la importancia de Groenlandia para el transporte marítimo, apenas se alcancen niveles accesibles de adaptabilidad tecnológica, las cosas cambiarán drástica y aceleradamente. Junto a ello, mejorarán las condiciones para la exploración y explotación minera. Proliferarán necesariamente argumentos para las tres superpotencias e, incluso, para otras algo menores, pero que igualmente ya están en las grandes competencias y son actores tecnológicos relevantes del nuevo ciclo. Corea del Sur, Japón e India ya están ad portas.
Y, desde luego, surgirán argumentos de índole militar, los cuales irán de la mano con la carrera espacial, ya sea para observar el cosmos, monitorear satélites propios y rivales o para cuestiones que aún no logramos imaginar.
Finalmente, conviene insistir, y de manera amplia (no solo a nivel de especialistas), en que el interés antártico de Chile debe tener un ancla histórica. Esto pasa por revitalizar un consenso en torno a la visionaria decisión del presidente Gabriel González Videla, quien, en febrero de 1948, fue el primer mandatario chileno en visitar aquel territorio. Acto seguido, se debe determinar cómo y en qué se refleja el interés nacional en materias antárticas. Solo así se podrá avanzar en políticas destinadas a materializar una Antártica efectivamente chilena.
En definitiva, la brújula del mundo que emerge ha empezado a mostrar antagonismos por diversas partes del globo, dejando al descubierto nuevas líneas rojas, tanto estadounidenses y chinas como rusas. Algunas eran imaginables, pero lejanas; otras, inimaginables. Groenlandia demuestra que podrían develarse muy cerca.
Alejandro Maass, Premio Nacional de Ciencias de Chile, considera que la Antártica es una verdadera caja de desafíos científicos. Sus apreciaciones podrían parecer cortas. Lo de Groenlandia habla más bien de una reconfiguración tectónica ineludible, que ha venido a remecer los imperativos estratégicos del país.
 
Ivan Witker, es Académico de la Universidad Central de Chile e investigador de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) e integrante de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). 
Nota:  Esta columna fue publicada originalmente por El Libero en: https://ellibero.cl/columnas-de-opinion/y-si-la-antartica-se-vuelve-clave-para-washington-pekin-o-moscu/