Columna sobre Política y Relaciones Internacionales, 1° de Enero de 2026

China, Estados Unidos y los documentos estratégicos hacia América Latina en perspectiva comparada

Por Daniel Morales Ruvalcaba
A finales de 2008, en un contexto marcado por la crisis financiera global y por la consolidación del ascenso de China como actor sistémico, Beijing publicó el primer Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe, comúnmente conocido como el Libro Blanco para América Latina. Ello resultó significativo en términos históricos y políticos: por primera vez en el siglo XXI, una potencia extrarregional explicitaba de manera integral su aproximación estratégica hacia la región. El documento partía de un diagnóstico general, un mundo atravesado por “grandes cambios y ajustes”, y situaba a América Latina y el Caribe no solo como parte del mundo en desarrollo, sino como un socio con valor estratégico creciente, particularmente en materia de seguridad energética y alimentaria.
El Libro Blanco de 2008 no se limitó a un reconocimiento discursivo. Propuso una arquitectura concreta de relacionamiento basada en la noción de una “asociación de cooperación integral”, sustentada en igualdad, confianza política y cooperación económico-comercial, dentro de un marco de previsibilidad diplomática bien definido. La implicación geopolítica era clara: China buscaba densificar sus vínculos con América Latina más allá de la proximidad geográfica, bajo una narrativa de desarrollo pacífico y beneficio mutuo.
En paralelo, la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos publicada en 2010 por la administración Obama reflejaba un diagnóstico distinto del entorno internacional. El documento reconocía una “difusión del poder” en un sistema crecientemente interdependiente, lo que justificaba la prioridad otorgada a alianzas, instituciones multilaterales y cooperación con otras potencias, incluida China. En el plano hemisférico, el tono era de optimismo cauteloso: América Latina y el Caribe aparecían vinculados al desarrollo compartido y a oportunidades de cooperación con Estados Unidos —principalmente en comercio, energía, democracia y gobernanza—, más que a riesgos estratégicos derivados de la competencia entre potencias.
En este marco, China aparecía en perspectiva de la NSS principalmente como un actor global relevante cuya conducta y participación en el orden internacional debían ser encauzadas a través de la cooperación y el compromiso diplomático. La relación sino-estadounidense se concebía más como un ejercicio de gestión de interdependencias que como una disputa abierta por la influencia en el hemisferio occidental. Para América Latina, este enfoque generó un entorno relativamente favorable para la diversificación de vínculos externos sin que cada decisión fuera interpretada como un alineamiento geopolítico excluyente. La emergencia del BRICS, con Brasil como miembro fundador, reflejó esta posibilidad de proyección activa en un orden internacional en transición. En esa misma lógica, la creación del Foro China–CELAC en 2014 evidenció la disposición de los países latinoamericanos a articular espacios propios de diálogo y cooperación con actores extrarregionales, en un contexto hemisférico aún relativamente permisivo y no dominado por lógicas de competencia estratégica abierta.
El segundo Libro Blanco chino de 2016 reflejó una recalibración y expansión del enfoque inicial. Se mantuvieron principios centrales como el respeto a la soberanía, no injerencia y cooperación de beneficio mutuo, pero se avanzó hacia un planteamiento más sistemático y programático. El prólogo hacía referencia a “cambios históricos sin precedentes”, a una multipolarización más visible y a la creciente interconexión entre amenazas tradicionales y no tradicionales, situando a China en una fase de proyección internacional más amplia. En este contexto, conceptos como “relaciones internacionales de nuevo tipo” y “cooperación gana-gana” dejaron de operar únicamente como marcos normativos generales y comenzaron a estructurar una política hacia América Latina organizada en esquemas concretos, como el enfoque “cinco en uno” y el marco “1+3+6”, con el comercio, la inversión y las finanzas como ejes centrales.
Simultáneamente, se reforzó el vector regional mediante la institucionalización del Foro China-CELAC, iniciado en 2014. Este mecanismo se consolidó como un espacio formal de diálogo basado en igualdad, respeto mutuo y beneficio compartido. A partir de entonces, la relación entre los países latinoamericanos y China experimentó una transformación cualitativa: dejó de consistir únicamente en la apertura hacia un socio externo y pasó a implicar la gestión conjunta de una relación cada vez más densa, que abarca financiamiento, infraestructura y cadenas de suministro, sin menoscabar formalmente la capacidad de decisión nacional. Desde Washington, esta evolución comenzó a ser interpretada progresivamente como un desafío a su preeminencia en el hemisferio.
El punto de inflexión discursivo se produjo con la NSS de 2017 de la primera administración Trump. A diferencia del enfoque previo, China fue definida como una “potencia revisionista” con capacidad y voluntad de socavar los intereses estadounidenses, redefiniendo el marco general de competencia estratégica. Ese giro se proyectó de manera directa sobre el Hemisferio Occidental, que pasó a ser presentado como un espacio cuya estabilidad incide en la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos y donde la presencia de actores extrarregionales adquiere un significado estratégico. En ese contexto, el documento advirtió que China buscaba ampliar su influencia a través de inversiones y mecanismos de financiamiento liderados por el Estado, incorporando explícitamente la dimensión económica al diagnóstico de seguridad hemisférica.
Como resultado, América Latina dejó de ser concebida prioritariamente como un espacio de cooperación para el desarrollo y pasó a ser tratada como un ámbito de contención frente a la influencia de potencias extrarregionales. Este endurecimiento del encuadre contrastó, no obstante, con una implicación política directa limitada durante el primer mandato de Trump, caracterizada por una presencia diplomática intermitente y una menor priorización de los foros multilaterales regionales.
Los documentos estratégicos publicados a finales de 2025 marcan el cierre de una fase de formulación y el inicio de una etapa orientada a la implementación. Más que nuevos diagnósticos, estos textos fijan marcos operativos mediante los cuales China y Estados Unidos buscan traducir sus estrategias en efectos concretos en el corto plazo. En el caso chino, el tercer Libro Blanco para América Latina, profundiza la cooperación a través de los llamados “Cinco Programas”, que integran iniciativas en desarrollo, infraestructura, innovación y gobernanza global, bajo la noción de una “comunidad de futuro compartido”. A diferencia de etapas anteriores, el componente de seguridad adquiere mayor significado mediante la incorporación de la Iniciativa para la Seguridad Global, ampliando el alcance de la relación hacia ámbitos de seguridad no tradicional y cooperación institucional.
En paralelo, la NSS de la segunda administración Trump intensifica la lógica de “Estados Unidos Primero” y prepara el terreno para una aplicación más rigurosa de la política hemisférica a partir de 2026. El documento refleja el diagnóstico de competencia estratégica en criterios operativos, articulados en torno a una reinterpretación de la Doctrina Monroe. Esta orientación introduce condicionalidades explícitas en materia de cooperación, financiamiento y alianzas, y se estructura bajo una lógica de “integrar y expandir”: integrar socios a redes lideradas por Washington y expandir dichas redes, mientras se desincentiva la cooperación con actores extrarregionales. En este esquema, la competencia deja de canalizarse principalmente a través de la ayuda al desarrollo y adopta una diplomacia abiertamente transaccional, en la que el acceso a beneficios se condiciona al grado de alineamiento estratégico.
En conjunto, el contraste entre ambas estrategias ya no se expresa únicamente en el plano retórico, sino en formas diferenciadas de presencia y de gestión del vínculo regional. Entre 2008 y 2025, China evolucionó desde un reconocimiento cooperativo de carácter general hacia una propuesta progresivamente densificada, que articula desarrollo, gobernanza y cooperación en múltiples dimensiones, apoyada en la institucionalidad del Foro China-CELAC. En este marco, la adopción de Planes de Acción Conjuntos, junto con la alternancia en la organización de los foros ministeriales, refleja una apuesta deliberada por la previsibilidad y la continuidad institucional.
Estados Unidos, por su parte, ha reconfigurado su aproximación hemisférica en torno a una doctrina de preeminencia que privilegia la acción directa, la coerción selectiva y la inducción de alineamientos. En este contexto, la Cumbre de las Américas, prevista para 2026, adquiere una relevancia particular como espacio de afirmación política y definición de prioridades, más que como foro de deliberación multilateral.
Por tanto, a la luz de los nuevos documentos estratégicos, se redefine el entorno en el que América Latina formula y gestiona su política exterior. Mientras China continúa ofreciendo horizontes de cooperación en infraestructura, financiamiento y desarrollo, la política hemisférica de Estados Unidos introduce una lógica de afirmación orientada a consolidar su autoridad. El resultado es un escenario más exigente para los países latinoamericanos, no porque las opciones desaparezcan, sino porque cada decisión comienza a proyectar implicaciones geopolíticas más inmediatas y costosas.
Daniel Morales Ruvalcaba es profesor asociado de la Universidad Sun Yat-sen en China e integrante de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). Síguelo en LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/danielmoralesruvalcaba