Columna sobre Geopolítica y Geoestrategia, 1° de Noviembre de 2026

La nueva geopolítica de la seguridad alimentaria entre China y América Latina

Por Alfredo Paseyro
La seguridad alimentaria ha dejado de ser una simple ecuación matemática sobre cuánto produce un país. En el tablero global contemporáneo, hoy importa tanto o más la capacidad de sostener el acceso a los alimentos cuando estalla una guerra y se interrumpe una ruta, cuando una sequía extrema diezma una cosecha, cuando un puerto estratégico deja de operar o cuando un ataque informático paraliza los sistemas de una corporación agroindustrial. Al observar la relación entre China y América Latina bajo esta lente ampliada, resulta evidente que el comercio agrícola ya no es un mero intercambio de mercancías. Es, en realidad, el engranaje central de una arquitectura de resiliencia que conecta producción,tecnología, logística, información y cooperación geopolítica.
China es el mercado de destino insustituible para una porción sustancial de las exportaciones agroalimentarias latinoamericanas. Sin embargo, para Pekín, el comercio internacional no reemplaza —sino que complementa— la prioridad existencial de mantener una base doméstica robusta. Su estrategia de Estado combina la autosuficiencia básica en granos, la protección estricta de la tierra agrícola, la acumulación de reservas, la innovación acelerada y la diversificación meticulosa de sus proveedores. No es un dato menor que China haya superado los 700 millones de toneladas de producción de granos en 2025 por segundo año consecutivo, de acuerdo con reportes del Ministerio de Agricultura y Asuntos Rurales de China y análisis del USDA Foreign Agricultural Service. Aun así, esa enorme capacidad productiva convive con una demanda colosal y en constante evolución, lo que garantiza que la apertura comercial y la cooperación agrícola sigan siendo complementos vitales de la producción nacional.
Comprender esta combinación debe ser el eje rector de la estrategia latinoamericana. La región cometería un grave error si interpreta la búsqueda china de autosuficiencia como un anuncio de futura retirada del mercado, o si peca de exceso de confianza asumiendo que su posición exportadora está garantizada por la simple inercia de la naturaleza. En las grandes ligas del comercio global, los compradores valoran la continuidad, la calidad, la previsibilidad sanitaria y, sobre todo, la capacidad inquebrantable de cumplir los contratos. Convertir la abrumadora disponibilidad regional de recursos naturales en una relación de confianza a prueba de crisis requiere políticas productivas de largo plazo, reglas de juego estables y una coordinación sin fisuras entre gobiernos y empresas.

 

Infraestructura y geopolítica: el desafío de los corredores bioceánicos

En este punto, la escala regional ofrece una ventaja competitiva incuestionable. Brasil aporta el volumen crítico de soja,maíz, carnes y azúcar —como lo reflejan los datos de exportaciones del agronegocio del Gobierno de Brasil—; Argentina suma su capacidad histórica en granos y proteínas, con un amplio margen para multiplicar el valor agregado; Chile y Perú actúan como bisagras en el Pacífico, despachando frutas, productos de la pesca y alimentos de alto valor. Para dimensionar este vínculo, basta recordar que las exportaciones totales de América Latina y el Caribe a China alcanzaron los 190.900 millones de dólares en 2024, de acuerdo con el BU Global Development Policy Center. Dentro de ese universo, la soja y sus derivados, la carne bovina, el azúcar, los cereales, las frutas y el café ostentan un peso decididamente estratégico. Esta enorme diversidad de países, matrices productivas y calendarios de cosecha es el mejor seguro regional para diluir la exposición ante una mala campaña climática o una interrupción localizada.
Pero la diversificación de los orígenes resulta estéril si el transporte de esos alimentos depende de un puñado de corredores asfixiados. Hoy, la seguridad de una carga está secuestrada por la fragilidad de puertos, ferrocarriles, pasos marítimos y las fluctuaciones en los seguros y costos de flete. Los recientes conflictos evaluados por el UCDP, los desvíos marítimos analizados en el UNCTAD Review of Maritime Transport y las restricciones operativas reportadas por la Autoridad del Canal de Panamá son un recordatorio crudo de cómo un shock en un punto distante del globo puede prolongar viajes y encarecer insumos y alimentos en cadena.
Frente a este mapa de riesgos, América Latina posee una ventaja geográfica innegable: sus grandes áreas productivas están, por lo general, alejadas de los principales frentes de conflicto euroasiáticos y dispone de salidas naturales tanto al Atlántico como al Pacífico. Sin embargo, no existe una sola ruta libre de riesgos. La región debe convertir esta ventaja geográfica en un imán para la inversión y la cooperación en infraestructura crítica. La conectividad transpacífica de Chile y Perú —cuyo máximo exponente es el desarrollo del megapuerto de Chancay— y las salidas atlánticas de Brasil y Argentina hacia Asia por el cabo de Buena Esperanza, ofrecen alternativas formidables.
Para que estas rutas sean verdaderamente útiles, exigen enlaces terrestres eficientes, servicios portuarios competitivos,normativas aduaneras homologadas y una planificación regional compartida. Si bien la Iniciativa de la Franja y la Ruta expresa el claro interés de China en ampliar esta conectividad, la evaluación por parte de América Latina debe ser pragmática, centrada en la rentabilidad económica, la sostenibilidad ambiental y la necesidad estratégica de evitar dependencias excesivas de un único operador logístico o trayecto.

Soberanía tecnológica y la frontera cibernética del agro

La resiliencia, por supuesto, también se construye en el laboratorio. La biotecnología, el mejoramiento genético y la edición génica son las herramientas que definirán quién puede elevar la productividad, mitigar pérdidas y lograr que los cultivos sobrevivan a plagas, enfermedades y al inclemente estrés climático. China ya ha acelerado la adopción de maíz y soja genéticamente modificados y avanza a paso firme en la comercialización de nuevas tecnologías. Pero el dato central es que una innovación no genera impacto si se queda en el paper científico; solo transforma la realidad cuando se convierte en variedades disponibles, semillas de alta calidad y herramientas de adopción masiva.
Ante esta revolución, América Latina debe tomar una decisión soberana y estratégica. La región necesita imperiosamente fortalecer sus propias capacidades en investigación, producción de semillas, bioinformática, evaluación regulatoria y trazabilidad, reteniendo el valor que hoy a menudo cede en sus exportaciones. La cooperación científica con China puede ser un motor clave para la adaptación climática, siempre y cuando se negocien reglas claras y equitativas sobre la gestión de datos, la propiedad intelectual, el acceso a recursos genéticos y la distribución de beneficios. La soberanía tecnológica en el siglo XXI no consiste en aislarse, sino en conservar el músculo de decisión y negociación dentro de cadenas globales de valor cada vez más sofisticadas.
Esta agenda debe incorporar de inmediato una amenaza invisible que ya está incrustada en el corazón de la seguridad alimentaria: los ciberataques. Como advierte la FAO en sus estudios sobre transformación digital en los sistemas agroalimentarios, la digitalización ha inyectado eficiencia al campo, pero también ha abierto flancos de extrema vulnerabilidad. Hoy, productores, acopios, semilleras, frigoríficos, operadores logísticos, proveedores de agua y energía, y sistemas de pagos dependen de redes operacionales y bases de datos conectadas. Un ataque de ransomware puede secuestrar inventarios, detener la facturación o paralizar los procesos industriales de una planta. No es casualidad que agencias de inteligencia como CISA, el FBI y la NSA clasifiquen al sector agroalimentario como infraestructura crítica,documentando advertencias sobre ataques de ransomware como el BlackMatter Ransomware (AA21-291A) y publicando guías sobre cómo defender operaciones de tecnología operacional (OT).
Si bien un incidente aislado no desata automáticamente una hambruna nacional, cuando el ataque paraliza nodos concentrados —un puerto clave, un gran procesador o una plataforma aduanera— retrasa entregas, destruye mercadería perecedera, desordena inventarios y dispara los costos en un sistema que ya opera bajo presión. En un contexto de alta fricción geopolítica, el ciberespacio es el nuevo frente donde se presiona la confianza y la continuidad comercial.
Por ello, resulta imprescindible incorporar formalmente la ciberseguridad a los protocolos de cooperación agroalimentaria bilateral. Gobiernos y empresas deben asumir la responsabilidad compartida de identificar proveedores críticos, segmentar redes administrativas y operativas, realizar copias de seguridad desconectadas y ensayar planes de recuperación ante desastres. Es urgente establecer canales de alerta temprana y protocolos para compartir información sobre incidentes sin exponer datos comerciales sensibles, prestando especial asistencia a las pequeñas y medianas empresas para que no sean el eslabón débil de la cadena. La ciberseguridad ya no es un nicho de ingenieros informáticos: es el prerrequisito para que el barco zarpe y el alimento llegue a destino.

 

Una alianza estratégica para transformar la abundancia en poder efectivo

Finalmente, la gobernanza internacional debe acompañar este esfuerzo monumental. En tiempos de crisis, la transparencia y el intercambio oportuno de información sobre cosechas, existencias y alertas sanitarias son el mejor antídoto contra la incertidumbre y las reacciones de pánico que agravan la escasez. China y América Latina pueden liderar la creación de protocolos sanitarios previsibles y mecanismos de diálogo institucionalizado entre autoridades y sector privado.
América Latina debe impulsar una asociación integral con China que trascienda el mero volumen de toneladas despachadas y se enfoque en blindar la resiliencia sistémica de ambos lados del océano. La seguridad alimentaria del siglo XXI se juega, sin duda, en el campo y en la reserva estatal, pero también se define en la ruta marítima, el laboratorio de edición génica, el puerto bioceánico y el servidor que coordina una operación logística a miles de kilómetros de distancia.China y la región tienen intereses complementarios y una oportunidad histórica. En un mundo definido por shockssimultáneos y superpuestos, la resiliencia será el único activo capaz de transformar la abundancia potencial en una seguridad alimentaria real y duradera.
Para capitalizar esta ventana estratégica y asegurar la propia soberanía regional, la agenda debe estructurarse sobre tres ejes de acción ineludibles:
  • Transformar la enorme capacidad productiva regional en una asociación estratégica real, lo que exige priorizar la inversión en infraestructura logística y diversificar los corredores comerciales, garantizando siempre mantener el margen de negociación sin ataduras exclusivas.
  • Posicionar la biotecnología y el mejoramiento genético en el centro del modelo. Invertir en ciencia, semillas de calidad y marcos regulatorios previsibles para la propiedad intelectual es el único camino para multiplicar la productividad, garantizar la sustentabilidad y agregar valor endógeno a las exportaciones.
  • Asumir la protección digital de la cadena de suministro como política de Estado. Incorporar la ciberseguridad, las alertas tempranas y los planes de contingencia cibernética a la cooperación público-privada es imprescindible para evitar que una extorsión tecnológica ponga en jaque el abastecimiento de naciones enteras.
 
Alfredo Paseyro es Director Ejecutivo de la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA) e integrante  de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM).