Columna sobre Historia y Relaciones Culturales, 1° de Septiembre de 2026

China entre las cosas: cultura material, circuitos globales y la recepción de Asia en el Río de la Plata

Por Julián Stordeur

 

En la litografía de Alberico Isola que fijó la imagen pública de Encarnación Ezcurra, la mujer que sostuvo el aparato político del rosismo mientras Juan Manuel de Rosas estaba en la Campaña del Desierto, hay tres elementos que importan: un peinetón, un moño punzó y una prenda de seda que le cubre el pecho. El Museo Histórico Nacional lee ese conjunto como una afirmación de tradición hispánica y como una reafirmación de identidad federal frente al cosmopolitismo unitario. La institución identifica esa prenda como un mantón de Manila.
Vale seguir esa identificación hacia atrás, porque la historia del mantón no empieza en España. Los mantones bordados en seda se producían en talleres del sur de China para mercados extranjeros y circulaban a través de Manila dentro de una red que conectaba China, Filipinas, Nueva España y Europa. La prenda, tal como terminó siendo conocida en el mundo hispánico, no fue simplemente un producto «chino»: su forma se fue modificando en contacto con intermediarios y consumidores de distintos mercados. Pero hay un momento de esa trayectoria que importa especialmente: en España, el mantón fue incorporado al vestuario de majas y andaluzas hasta convertirse en una prenda reconociblemente española.
Ahí aparece la paradoja. Una tipología de objeto formada dentro de circuitos asiático-hispanoamericanos podía terminar funcionando en Buenos Aires como signo de tradición hispánica y, en el retrato de Encarnación, integrarse además a una iconografía federal.

 

Rótulos comerciales y la imitación europea

El caso permite pensar un problema más amplio: la manera en que los objetos vinculados con Asia circularon en el Río de la Plata sin producir necesariamente un saber estable sobre Asia. En agosto de 1825, la casa de Carlos Harvey anunció en la Gaceta Mercantil servicios de mesa de porcelana, loza china, loza de piedra y loza azul, y la primera línea del aviso aclaraba que todo el surtido acababa de llegar de Londres. La contradicción es nuestra, no del aviso. Para el comerciante, «china» no nombraba necesariamente un lugar de origen; nombraba una clase de loza, una calidad, una apariencia, un escalón dentro de una escala de precio y de gusto. Una loza podía ser china aunque hubiera llegado desde Inglaterra.
La arqueología porteña muestra el alcance de ese desajuste. Buena parte de lo que en las casas se nombraba como chino salía de talleres ingleses que producían vajilla con puentes, sauces, pagodas y paisajes orientales: objetos europeos que imitaban una idea europea de China y que en Buenos Aires podían consumirse como loza china. Lo asiático funcionaba menos como procedencia precisa que como rótulo comercial y estilo reconocible.
La ruta del mantón de Manila remite a un circuito de enorme escala. Durante más de dos siglos, el Galeón de Manila unió Acapulco con Manila y conectó la plata americana con la economía china. Buena parte del metal que salía de América terminó financiando el comercio con Asia, y a cambio llegaban sedas, porcelanas, textiles y otros bienes manufacturados. Ese comercio no fue marginal. En 1605, Martín Ignacio de Loyola, obispo de Buenos Aires, le escribió a Felipe III que había entrado tanta ropa de la China de contrabando que no quedaba provincia de Buenos Aires ni de Tucumán que no estuviera llena de ella, y que esas mercancías eran tan buenas y tan baratas que desplazaban a las de España.

 

Asimetrías: noticias imperiales contra mercancías anónimas

La escena muestra que la presencia material de China en Sudamérica no fue una invención tardía: existía desde temprano y preocupaba a la Corona. Muestra también una asimetría. La plata americana llegaba a Cantón como moneda identificada, valorada y buscada. Los objetos chinos llegaban al Río de la Plata muchas veces convertidos en rótulos genéricos: ropa de la China, loza china, tafetán chinesco, objetos a la chinesca. De un lado había una mercancía con nombre, valor y destino claro; del otro, objetos que circulaban con etiquetas útiles para vender, tasar o distinguir, y que rara vez generaban un saber local acumulado sobre Asia.
Podría pensarse que esa debilidad se explica por falta de información. La evidencia no permite sostenerlo. Durante la Primera Guerra del Opio, el British Packet and Argentine News, diario en inglés de la comunidad mercantil británica de Buenos Aires, siguió el conflicto con bastante detalle: la expedición a Cantón, comentarios sobre la guerra, referencias al comercio y episodios como el cargamento de té envenenado. Ahí China aparecía como escenario político y militar, con nombres y hechos precisos. En la sección comercial del mismo periódico, en cambio, el té podía aparecer simplemente como cheap black tea, sin procedencia.
El problema no era la ignorancia absoluta, sino la falta de conexión entre registros. China podía aparecer en una página como noticia imperial y en otra como mercancía sin origen. El lector podía saber que Gran Bretaña estaba en guerra con el imperio Qing y comprar té o loza sin que ese consumo produjera una imagen más densa del lugar. La información viajaba por un canal y los objetos por otro, y podían convivir en el mismo periódico sin tocarse.

 

Ausencia de acumulación y disputas locales

La formulación más precisa del problema, entonces, no es la ausencia de información, sino la ausencia de acumulación. Ana Carolina Hosne mostró que los contactos entre el espacio rioplatense y China fueron indirectos durante todo el período, mediados en buena medida por circuitos europeos. No hubo viajeros rioplatenses con experiencia asiática sostenida, ni misioneros locales en China, ni comerciantes propios capaces de construir un conocimiento directo de esos mercados. Sin esos agentes, la información podía aparecer con intensidad en una coyuntura (una guerra, una noticia, un cargamento) y desaparecer sin dejar una tradición estable.
Los objetos, mientras tanto, seguían trabajando socialmente. Se usaban, se vendían, se heredaban, se mostraban, se incorporaban al cuerpo y a la casa. No producían, sin embargo, conocimiento estable sobre el lugar del que venían. La prenda de Encarnación permite ver esa operación con claridad: la imagen no fue leída como una puerta hacia Asia, sino como un signo de tradición, hispanidad, federalismo y feminidad política. La genealogía material del objeto quedó absorbida por la disputa local. Durante siglos circularon objetos vinculados con Asia cuyos nombres no siempre rastreaban su origen, y alrededor de ellos no se formó un saber local estable sobre China.
El cierre del Galeón de Manila y el desplazamiento del eje comercial hacia el Atlántico no modificaron esa lógica; cambiaron las rutas y los intermediarios. Donde antes operaban Lima, México, Manila o Cádiz, aparecieron después Londres, Liverpool y los comerciantes británicos. La posición rioplatense siguió siendo parecida: los objetos llegaban mediados, ya clasificados por otros, y se los leía con categorías locales. Si el vínculo contemporáneo con China —hecho ahora de diplomacia, migración, inversiones, comercio bilateral y estudios especializados— modificó esa relación entre circulación y conocimiento, o si la multiplicó en otra escala, es una pregunta abierta. Las cifras del comercio no alcanzan para responderla.
  
Julián Stordeur Magíster en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), Profesor Adjunto en la Pontificia Universidad Católica Argentina y Profesor Titular Invitado de Historia del Pensamiento Económico en la UTDT. Integrante de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM).