Columna de Política y Relaciones Internacionales, 15 de agosto de 2018

América Latina en la ecuación con la China de Xi y los Estados Unidos de Trump

Por Fabricio Rodríguez

Las disputas comerciales entre Estados Unidos y China se han venido intensificando a lo largo del presente año. Mientras una economía impone barreras, la otra responde con la misma moneda. Esta pugna de poder económico podría tener efectos dinamizadores y en cierta medida ambivalentes para la diplomacia económica china en América Latina. China se ha posicionado como socio comercial clave, lo mismo aplica para el caso de la inversión. Según datos del China Global Investment Tracker para el período 2005-2017, los flujos de inversión china hacia la región alcanzaron un total de US$172 billones (10% de las inversiones chinas en todo el mundo), sobrepasando mínimamente el valor total de las inversiones hacia los Estados Unidos para el mismo período. Esto denota una coyuntura que posiciona a América Latina y el Caribe como un importante destino de capital chino en las Américas. Y aunque las relaciones latinoamericanas con Pekín se aborden de forma primordialmente bilateral, las relaciones triangulares juegan un rol relevante y los Estados Unidos han emitido señales de preocupación hemisférica.

El anterior Secretario de Estado de los Estados Unidos, Rex Tillerson, aprovechó su paso por México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica a inicios del 2018 para alertar y denunciar que China “…está usando su poder económico para atraer a la región hacia su órbita.” En un intento por reanimar las relaciones entre Washington y sus socios latinos y caribeños, Tillerson subrayó el compromiso de largo plazo que Washington tiene con la región. Sin embargo, estas declaraciones tuvieron limitado efecto reverberante en favor de su gobierno. Al mismo tiempo, el Presidente Trump construía un muro—en parte imaginario—que separa a sus simpatizantes políticos de los diferentes pueblos y economías latinoamericanas a través del desprecio. Trump se ha referido a América Latina como una región que exporta, en esencia, grupos de migrantes vinculados al crimen, al narcotráfico y a prácticas comerciales desleales.

Surge en este contexto el valor político y económico del respeto, un factor que aventaja claramente a la China del Presidente Xi versus al Presidente Trump con América Latina. Cabe mencionar que aunque la diplomacia económica del respeto y beneficio mutuo que China promueve con alto nivel de recepción en América Latina, no está libre de problemas y desafíos. De hecho, en distintos países, especialmente sudamericanos, existen profundas preocupaciones por los potenciales efectos reprimarizadores de un intercambio comercial asimétrico. Aunque China es un vasto mercado, la mayoría de las exportaciones latinoamericanas se concentran en pocos sectores y productos. Si bien es cierto que la rivalidad económica entre China y Estados Unidos, podría contribuir al dinamismo de las relaciones entre China y América Latina, tal coyuntura también podría tener efectos adversos. Por ejemplo, si China deja de importar soya desde los Estados Unidos, la frontera agroindustrial de monocultivos podría expandirse en los países del Cono Sur, contribuyendo así al incremento de las emisiones de gas de efecto invernadero y a la reducción de la biodiversidad. Por tanto, los nuevos requerimientos del mercado chino, podrían presentar un balance ecológico poco alentador para la región en perspectiva del cuidado del medio ambiente.

De ahí que la responsabilidad latinoamericana es considerable. El reto está en cómo abordar de manera estratégica los espacios que abre la pugna económica entre China y Estados Unidos desde la esfera regional. El tejido empresarial de la pequeña y mediana industria, así como la sociedad civil y la academia necesitan involucrarse de manera más activa en las diferentes aristas de este debate. Por ejemplo, los datos antes mencionados demuestran que más del 75% de las inversiones chinas se dirigen hacia el sector de energía. Por ser un campo de especial relevancia para la soberanía y seguridad nacional, tales flujos de capital tienden a ser negociados de manera bilateral, lo cual impacta negativamente sobre la funcionalidad institucional en diversos espacios de cooperación regional. En términos comparativos, el Mercosur captó 5% de la inversión china a nivel global entre 2005 y 2017, en tanto la Alianza del Pacífico logró captar un 2% en el mismo período. Sin embargo, ninguno de los dos bloques regionales cuenta con una estrategia explícita para orquestar tales flujos de capital en función de la renovación de la matriz energética con apoyo de China, sin duda una tarea pendiente en varias esferas de cooperación regional.

Para concluir, a diferencia de la poco ponderable política exterior del gobierno del Presidente Trump, la China del Presidente Xi ofrece a América Latina un horizonte basado en la negociación y la cooperación. Reconocer el peso regional de América Latina como receptor de inversiones chinas, es un paso importante para definir los nuevos vectores de esta relación económica. En esta línea, el proyecto de la Franja y la Ruta necesita fomentar un corredor económico que pueda potenciar el equilibrio productivo y ecológico de la región. En esa ecuación, el eje energético es clave. Además, si la retórica tiene eco en la acción, la política hemisférica de Washington tendrá que ser medida frente a la práctica sino-latinoamericana del respeto mutuo. Para América Latina y el Caribe esto presupone un mecanismo de cooperación regional que valore la diferencia en el pensamiento estratégico y promueva la economía territorial de la raíz hacia arriba.

Fabricio Rodríguez es Investigador de la Universidad Friedrich Schiller de Jena e investigador asociado del Arnold Bergstraesser Institut (ABI) de la Universidad de Freiburg en Alemania.